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Anarquismo y Gobiernos Radicales

category internacional | movimiento anarquista | opinión / análisis author Thursday February 25, 2010 06:12author by Larry Gamboneauthor email redlionpress at hotmail dot com Report this post to the editors

¿Cómo deberían conducirse los anarquistas ante gobiernos revolucionarios o de izquierda populista? ¿Debieran denunciarlos frontalmente? ¿Debieran unirse a sus movimientos? ¿Qué trampas hay que evitar? Estas preguntas son importantes ya que pueblos radicalizados están generando movimientos que están llevando al poder a gobiernos progresistas. Mientras la crisis capitalista se profundiza, es esperable que más movimientos como estos surjan.
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Anarquismo y Gobiernos Radicales

Larry Gambone



Actualmente el anarquismo es más influyente y está más extendido que en los 70 años anteriores. Y el movimiento continúa creciendo y desarrollándose. Esto no significa necesariamente que seamos una tendencia predominante. Incluso durante el apogeo del anarquismo en los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial tuvimos que coexistir en esta etapa con otras corrientes socialistas. El movimiento más importante y de mayor envergadura del anarquismo -España en 1936- vio la formación de un frente unido que involucraba a CNT-FAI, al POUM de izquierda comunista y a los militantes de base de los sindicatos socialistas.

Es una certeza decir que el cambio social –y más aún la revolución social- implicará un número de diversas tendencias, en las cuales el anarquismo será sólo una, y no siempre la predominante. Los anarquistas trabajarán junto con las otras tendencias que promueven el autogobierno y la autogestión, y esencialmente con todas las tendencias que de cierta manera ayuden a la lucha popular. Esta noción no es una cuestión polémica entre nosotros. Estamos trabajando todo el tiempo junto a otras tendencias en los movimientos ambientales, por la paz, anti-fascistas y anti-capitalistas.

El problema sobreviene a los anarquistas cuando la presión de los movimientos sociales logra instalar a gobiernos populistas, socialistas democráticos o “revolucionarios”. Ejemplos de éstos se encuentran en Bolivia, Venezuela y Ecuador. ¿Cómo, en cuanto libertarios decididos, nos comportamos ante gobiernos que, de cierta manera, reflejan y actúan según las necesidades y los deseos de los movimientos sociales y los trabajadores? El modo en que reaccionemos frente a estas situaciones puede estar lleno de peligros para nuestro movimiento.

En el pasado, los anarquistas han reaccionado de dos maneras opuestas y erróneas. Una se puede llamar el “liquidacionismo”. Aquí los anarquistas pierden su programa distintivo y se disuelven en la tendencia “revolucionaria” de gobierno. Durante la revolución rusa, miles de anarquistas se unierion a los Bolcheviques o formaron organizaciones pro-Bolcheviques en sus respectivos países. Es innecesario decir que los Bolcheviques no aplicaron nuestro programa. Posteriormente, el movimiento “26 de Julio” se volteó hacia el Partido Comunista y suprimió a los anarquistas cubanos, mientras muchos anarquistas fuera de Cuba, por solidaridad con la revolución cubana, ignoraron la situación de sus camaradas. El “liquidacionismo” significa abandonar el anarquismo completemente a cambio de un mínimo progreso social, y a veces ni siquiera eso.

Pienso que el liquidacionismo obedece a la debilidad del anarquismo. Hubo pocos intentos de revoluciones anarquistas antes de 1917 y el anarquismo comenzaba a evidenciar ciertas falencias. El Bolchevismo parecía entonces mostrar el camino. En los comienzos de 1960 el movimiento anarquista estaba en un gran reflujo y muchos anarquistas buscaban cualquier cosa para mantener el optimismo, y el ejemplo de Cuba parecía ser la respuesta. Como el anarquismo hoy es un movimiento que crece, no veo al liquidacionismo como un gran problema en la actualidad, aunque por supuesto uno nunca sabe con seguridad.

El sectarismo es el otro error. ¡Qué sorpresa nos llevamos cuando nos damos cuenta de que los socialistas democráticos y los populistas no son anarquistas! No podemos esperar que ellos realicen nuestro programa, sino que solamente podemos esperar que realicen los aspectos de su propio programa que vayan en beneficio del pueblo. ¿Si hacen esto, deben ser condenados como enemigos igual de malos que los imperialistas y los oligarcas? ¿Qué piensa el pueblo cuando los anarquistas maldicen a estos reformistas? El sectarismo separa a los anarquistas de la masa del pueblo, que no pueden entender por qué los revolucionarios están condenando aquellas acciones que están mejorando sus vidas. Lo que es aún peor es cuando el sectarismo lleva a una propaganda que imita a la de los reaccionarios. Según el sectario, un vaso nunca está medio lleno, sino que siempre está medio vacío. Si triunfa la reacción, ésta torturará y asesinará a los sectarios junto con las otras tendencias, y su sectarismo permanecerá como un gusto amargo en las bocas del pueblo derrotado. [1]

Este es particularmente el caso en América Latina, en donde la movilización del pueblo lleva inmediatamente a la polarización entre las masas y la oligarquía y sus partidarios. Si la oligarquía gana la ventaja en esta lucha el resultado es la supresión de los movimientos populares, la tortura y la masacre. Pensar que uno puede mantenerse al margen durante esta polarización, o que esto es "solamente una lucha entre facciones burguesas”, es vivir en un mundo ideal.

Una causa del sectarismo es la fetichización de las lecciones supuestas o reales del pasado. Los Bolcheviques se volcaron contra sus aliados en el anarquismo, y también lo hizo Fidel Castro. Dondequiera que el estalinismo asumiera el control, los anarquistas y las otras tendencias radicales fueron eliminadas. De esta trágica historia se ha desprendido una visión tácita de que cualquier revolución o gobierno marxista, verdaderos o no, seguirá este modelo. Pero la historia cambia y no es simplemente la repetición de un mismo patrón estático. El estalinismo no es una manifestación platónica, asomándose en el cosmos, apenas esperando para manifestarse en el primer brote de cambio revolucionario.

Las alternativas al estalinismo -trotskismo, socialismo democrático y anarquismo- eran demasiado débiles en los 1940s y ‘50s. El estalinismo era hegemónico en este tiempo. Pero el pueblo aprende en base a la experiencia qué sirve y que no. Lo que una vez fue visto como un modelo viable para el cambio revolucionario -un Estado de partido unico más nacionalización de la riqueza productiva– no es visto ahora como una respuesta. No se genera a partir de él la clase de sociedad que cualquier persona quiere.

El movimiento socialista comenzó a alejarse de la hegemonía del modelo estalinista a fines de los 1960s. El gobierno de Unidad Popular en Chile intentó crear el socialismo mediante un proceso democrático. La revolución Sandinista en Nicaragua no tomó una dirección estalinista. En vez de suprimir todas las tendencias excepto la suya favorecieron una democracia de varias tendencias -incluso para la derecha, una amabilidad que no les fue reconocida.

¿Qué deben entonces hacer los anarquistas frente a los nuevos regímenes revolucionarios o progresistas que trabajan en cierta medida por el interés de la población? Primero, establecer que nuestra lealtad está con el pueblo, no con el gobierno -con ningún gobierno. Si el pueblo apoya un gobierno progresista, es porque ese gobierno está respondiendo a sus deseos. Un ataque frontal directo contra tal gobierno –antes de que comience a trabajar en realidad contra sus partidarios- es algo futil que crea un abismo entre nosotros y el pueblo.

Debemos ser reservados mientras el gobierno actúe de alguna manera según el interés popular. Cuando se desvíe de esa trayectoria, le criticamos. Pero hay también maneras de criticar que no alienen al pueblo. Debemos tener una actitud de reforzamiento positivo: Que nunca deje de hablarse de la necesidad de la democracia directa y de la autogestión. Si el gobierno progresivo es renuente a ir más allá de las palabras, nuestro presión interminable sobre estos puntos serán críticas de gran alcance, pero no serán consideradas como un ataque negativo. Nuestra meta debe ser empujar al gobierno progresista, desde debajo, al punto de quiebre, donde o le toca exponer su carácter reaccionario o donde comienza a disolverse en medio del fortalecimiento del poder popular. Y si este proceso no se puede llevar a su desenlace libertario, debemos ganar una base fuerte en el pueblo, en los sindicatos, en las poblaciones y en las organizaciones sociales, para defender nuestras conquistas y para construir una base para el siguiente paso en la lucha.

Debemos estar junto con el pueblo, si el pueblo gana una cierta medida de gobierno autónomo y de descentralización, nosotros debemos estar allí, empujando estas medidas al máximo. Si el gobierno revolucionario anima las cooperativas, debemos formarlas o unirnos a ellas, cerciorándose de que sean autónomas y democráticas. Si los reaccionarios intentan restablecer su dominio con un golpe, un fraude electoral o una invasión, debemos estar al frente de la resistencia, no como lacayos del gobierno, sino como partidarios de los movimientos populares que los reaccionarios destruirán si recuperan el poder. Nuestro lema no debe ser “defendamos nuestro gobierno”, sino “defendamos al pueblo… nuestras poblaciones, sindicatos, cooperativas, etc.” Nunca debemos aliarnos con la reacción, ni siquiera verbalmente, no importa qué diferencias tengamos con el gobierno progresista.

Algunas experiencias personales

En 1972 un gobierno socialdemócrata (NDP) fue elegido por primera vez en la Columbia Británica. En esa misma época estábamos intentnado construir al movimiento anarquista. Había unas 25 personas interesadas en el anarquismo y la mitad de ellas estaban en nuestro grupo. El gobierno del NDP introdujo “cordones verdes” para proteger el ambiente junto con reservas agrícolas para proteger la tierra cultivable de los especuladores de propiedades. Aumentaron el seguro social de $95 a $160 mensuales y crearon un mecanismo de control democrático descentralizado del sistema de seguridad social. Prohibieron los castigos físicos en las escuelas y otras medidas represivas. En lugar de condenarlos por coptar al movimiento ambiental o el control de las comunidades, como habrían hecho los sectarios, nosotros no dijimos nada. En realidad, entre nosotros, estábamos encantados con lo que estaban haciendo y nos mantuvimos ocupados en la creación de un movimiento anarquista en vez de ocupar nuestro tiempo atacándolos, lo que en cualquier caso hubiera sido como una pulga tratando de denunciar al elefante.

Lo que ocurrió fue que la mitad de nuestro grupo estaba tan fascinado con las acciones progresistas del gobierno, que propusieron unirse al NDP en bloque para desde ahí presionar para que se llevara el control comunitario a su límite. Cuando algunos nos negamos, la facción liquidacionista se separó y decidió unirse por su cuenta. Nosotros los denunciamos y por un tiempo hubo una amarga hostilidad entre ambos grupos. Los anarquistas que no entramos en este juego somos quienes formamos el movimiento anarquista en Vancouver que existe hasta nuestros días. Respecto a los “anarquistas del NDP”, nos volvimos a hacer amigos después de un tiempo y ellos continúan siendo simpatizantes del anarquismo hasta nuestros días.

En retrospectiva, pienso que el liquidacionismo surgió porque la gente no tenía una concepción acabada del anarquismo. La experiencia de los sectarios, tan frecuente entre las sectas de izquierda, es una sobre-reacción en sentido contrario. Por lo demás, carecíamos de compañeros más experimentados que pudieran habernos ayudado. Estábamos empezando de cero, por así decirlo. No nos equivocamos en evitar ataques al NDP, pero nos equivocamos en no educar a nuestra militancia sobre las diferencias entre la socialdemocracia y el anarquismo.


1.Durante la campaña para derrocar a Allende, la CIA financió una huelga de conductores de camiones. Los sectarios de ese momento exaltaron la huelga como ejemplo de la "lucha de clases” contra los reformistas malvados de Allende.

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