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El terremoto del 12 de enero y su construcción socio-histórica

category américa central / caribe | imperialismo / guerra | non-anarchist press author Thursday February 25, 2010 05:20author by Franck Seguy Report this post to the editors

Franck Seguy es Sociólogo y miembro de la organización revolucionaria ASID (Asociación Universitaria Dessaliniana)


Para el Haitiano quien soy, en mi exilio voluntario, convertido en exilio forzado desde el día siguiente del famoso 12 de enero de 2010 – desde el 16 de enero para ser más preciso, ya que habría debido ser la fecha de mi vuelta a la tierra natal – la menor actividad de cada día se asimila a una cuestión existencial. Informarme sobre Haití se convierte en un tipo de suplicio. Una obligación de soportar el racismo larval cuyo mi pueblo siempre ha sido el objeto. Una manera de morir a pequeño fuego. Darme cuenta que estoy muriendo a pequeño fuego. En esta muerte lenta, escribir se impone como una tentativa de despertarme. Reanudar vida. Engañar el vacío. Equivocar la impotencia… Siempre he preferido escribir para que la vida florezca en vez de hacerlo para la muerte… A menos que, hoy, el acto que coloco no responda de ninguna manera a mis preferencias, si no que se impuso por la fuerza de las circunstancias.

Para las y los que las cifras interesan, digamos-lo claramente: cerca de 250' 000 muertes contabilizados a Port-au-Prince, oficialmente. Pues, los diferentes recuentos no tienen en cuenta ni los millares de muertes aún bajo las ruinas, ni los que han sido enterrados por sus propias familias.

No se sabe si es necesario llorar leyendo las observaciones del jefe del Gobierno haitiano o si es necesario rebelarse delante de las pantallas, a millares de kilómetros. Pero se fuerza a reconocer la crudeza de las verdades que había ido a escupir a los parlamentarios: “El Gobierno, como constituido, no puede presentar resultados [satisfactorios] ante esta situación.” Un Gobierno incapaz de ejercer las funciones regias del Estado. Claramente, un Estado que no existe.

Es exactamente de este modo que conviene interpretar las quejas de Jean-Max Bellerive relativas a los problemas de infraestructuras al aeropuerto internacional de Puerto Príncipe que afirma que “impidieron la llegada de los aviones de ayuda” que, añade, “gastado la población así como el Gobierno”. La dificultad es más humana que infraestructural, pues los militares yanqui reabrieron el aeropuerto de Puerto Príncipe para aviones comerciales desde el 19 de febrero. Sin embargo, ellos aceptaron solamente los aviones de su compañía American Airlines. Es que el gobierno de Bellerive, a pesar de necesitar impuesto, no tiene ningún control de dicho aeropuerto, que él mismo y su propio Presidente, René Préval, entregaron rápidamente a los militares estadunidenses, cuyo representante - el general P. Ken Keen, comandante en segundo del SouthCom (Comando del Sur) - era antes del 12 de enero en Puerto-Príncipe “para coordinar las operaciones de ayuda previsibles”.

El terremoto del 12 de enero afecta a Puerto Príncipe y otras ciudades del mismo departamento del Oeste, también una parte del Sureste donde dañó más o destruyó construcciones que causó víctimas humanas. No sólo las fuerzas armadas estadunidenses se apoderaron del aeropuerto de Puerto Príncipe, sino que tomaron rápidamente el control de todo el país, especialmente de los puertos y aeropuertos. En algunos lugares, sustituyeron incluso a bandera haitiana por el suyo. Y ocupan envidiosamente el malecón St-Nicolas (Noreste), región que da una vista sobre Cuba similar a aquélla que ofrece sobre el mar una casa de vacaciones a bordo de la gama. Nuestra información es demasiado limitada sobre las cuestiones geológicas para poder proporcionar cualquier explicación precisa. No obstante, la hipótesis se hizo que uno de los elementos del apresuramiento de los Estados Unidos podría ser justificado por las posibilidades bastante grandes de poner al día distintas reservas (del petróleo a minerales), en la medida en que Haití está a la intersección de dos placas tectónicas. Dicho esto, cerramos este paréntesis sin, sin embargo, cerrar nuestros ojos sobre esta nueva ofensiva imperialista que, desde hace tiempo habiendo orquestado una catástrofe económica, aprovecha ahora de una catástrofe natural para ocupar a Haití reforzando así su condición de neo-colonizada.

En las declaraciones del jefe del Gobierno haitiano al Parlamento, dos elementos particulares merecen la atención. Primero: Sr. Bellerive define como problema que impida la distribución de la ayuda el hecho de que “las personas sin hogar del seísmo [sean] mezcladas a las otras personas pobres que vivían en la precariedad mucho antes de la catástrofe”. En su razonamiento, eso “dificulta la distribución de la ayuda y crea tensiones”.

Segundo: el principal problema es que la ayuda pasa por las ONG en lugar del Gobierno. Y la mayoría “de estas entidades no estaban preparadas” para asumir tal responsabilidad. Como para ridiculizar al Primer Ministro haitiano, la agencia de noticia brasileña que informa de sus observaciones colocó, inmediatamente después, un número de cuenta bancario de la ONG brasileña Viva Río, una de estas entidades que están haciendo su mantequilla sobre la espalda de las víctimas en Haití. Una pequeña idea sobre Viva Río. Su proyecto en Haití desde 2005 emplea a 130 trabajadores haitianos para un salario mensual de 135 dólares. Uno de sus dirigentes, Valmir Fachini, justifica este salario de perro por el siguiente argumento: “Si pagaban un céntimo de más a estos trabajadores, estos últimos tendrían un nivel de vida superior que causaría una inflación y rompería la economía del país.” Volveremos de nuevo sobre la participación de las ONG en la construcción socio-histórica del seísmo de Puerto-Príncipe y sus consecuencias, pero prestamos por el momento nuestra atención al Sr. Bellerive.

¿Cuáles son las revelaciones contenidas en las observaciones del Primer Ministro con respecto a las personas sin hogar? Son múltiples. Indicaremos dos. La primera: la presencia continua de persona sin hogar en las calles de Puerto-Príncipe antes del 12 de enero nunca constituyó un problema a los ojos de los dirigentes haitianos. Muchos pobres vivían en la precariedad mucho antes la última catástrofe, pero eso era tanto ordinario que no era un hecho diario. Eso se consideraba como “natural”. La presencia de estas personas sin hogar habituales se convierte en un problema solamente a partir del 13 de enero de 2010. En efecto, también quieren entonces recibir una botella de agua o una caja de sardinas. Estas eternas personas sin hogar dificultan, según Bellerive, la distribución de la ayuda a las nuevas personas sin hogar circunstanciales de hoy - que pasaran a ser, mañana, las nuevas personas sin hogar. “Naturalmente”. Representan una clase de indigente que impide el despliegue sin choques de la bandera “de la solidaridad de espectáculo”, para retomar una expresión preferida a Jn Anil Louis-Juste, militante activamente procurado por los militares brasileños durante meses en 2009, y finalmente crapulosamente asesinado dos horas antes del seísmo.

Segunda revelación de Sr. Bellerive: la “solidaridad de espectáculo” que se despliega a Puerto-Príncipe sólo se propone en ningún caso combatir el problema estructural de hábitat del país, más devastador que el propio seísmo. El Primer Ministro queda claro al respecto en sus sobrentendidos: ya había personas sin hogar a Puerto-Príncipe y era natural. ¿Por qué entonces la presencia de algunos millares además, fueran cientos de millares, o incluso 1 millón, sería un problema? Como lo observó la intelectual Marilena Chaui, citando el autor de Grundrisse, de la Ideología alemana y la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, “el modo de producción capitalista es el único a ser histórico de ponto a ponto, en el cual no subsiste nada que sea natural. Por esta razón en este método de producción, la ideología tiene una fuerza inmensa, ya que su función consiste en hacer entrar el natural en la historia, naturalizarse lo que es histórico.” (Chaui, 2007, p. 146).

Esta acta nos pone en la obligación, a riesgo de ser repetitivo, de demostrar el carácter socio-histórico del drama de Puerto-Príncipe, una manera de recordar que es el producto de la acción humana, orquestada en circunstancias conocidas. Lo que dejará claramente entender que este drama era evitable y que hay como evitar su repetición en el futuro puesto que no responde a ninguna necesidad vital, natural, universal, inmutable o racional si no que a la reproducción del método de producción que lo generó: el del capital. No basta que la tierra tiemble (el seísmo era de magnitud 7 sobre la escala de Ritcher), para que una catástrofe de este tipo se derive. Otras condiciones sociales deben reunirse que, en el caso de Haití, han sido forjadas históricamente por los potentes de este mundo.

Siglo VI de venas abiertas

No recordaré que Haití sufrió de dos colonizaciones al principio de la era de la modernidad: una colonización española (1492-1697) y una francesa (1697-1803). Recordaré no obstante, rápidamente, que la administración moderna/colonial (Mignolo, 2007) francesa por sí sola destruyó sistemáticamente un 45% del medio ambiente haitiano durante estos 100 y algunos años. ¿Quién nunca escuchó hablar de estas obras maestras de edificios en Francia afectadas de la inscripción: “madera de Haití”? No es una imaginación literaria prolífica que concedió a Haití el título de “Perla de las Antillas”. Estos laureles, el país los había ganado en reconocimiento del volumen fuera del común de riquezas que Francia alli extraía. Tengo un afecto particular por la simplicidad con la cual Benoit Joachim resume las primeras consecuencias de esta vena abierta de Haití:

“Si la explotación de la tierra y de los hombres en la colonia de Santo Domingo [actual República de Haití] hubiera contribuido enérgicamente a enriquecer a la burguesía francesa y hubiera acelerado el desarrollo del capitalismo en la metrópoli, por el contrario el pueblo que había sucedido a los esclavos incluido el duro trabajo había permitido esta acumulación del capital en metrópoli sólo heredó de suelos usados, de superficies en gran parte calcinadas, de ruinas por fin.” (Joachim, 1979, p. 87)

Cuando la burguesía establece su explotación abierta, desvergonzada, directa, brutal en un espacio, el resultado no podría ser diferente.

Si la independencia (declarada el 1 de enero de 1804) había atado esta vena abierta, esta sangría, el medio ambiente haitiano se habría curado ciertamente. Pero Haití debió firmar y pagar a Francia una “deuda” que nunca contratara de 150 millones de francos de oro. La ley de la selva capitalista prevaleciendo aún, hasta ahora ningún Gobierno francés comprendió la decencia de devolver este dinero, injustamente saqueado. El Sr. Nicolas Sarkozy, primero presidente francés a visitar a Haití, el 17 de febrero pasado, reconoció el crimen cuando dijo: “No velamos la cara. Nuestra presencia aquí no dejó que buenos recuerdos… Las heridas de la colonización, y, quizá peor aún, las condiciones de la separación dejaron rastros. […]Aunque no hubiera comenzado mi mandato en el momento de Carlos X, soy a pesar de todo responsable en nombre de Francia “. Carlos X es el nombre del reí francés que saqueó los 150 millones de francos de oro.

El pago de esta suma - evaluada en más de 21 miles millones de dólares en 2003 - tuvo sobre el medio ambiente haitiano un efecto comparable al de la colonización de los siglos pasados. Ya que las clases dominantes haitianas, que no pagaron un céntimo en las cajas de su propio Estado hasta en 1920, chuparon todo este dinero de las venas de los campesinos y campesinas, principalmente de su producción cafetal, forzándolos así, para garantizar su subsistencia, a establecer en las superficies en pendiente cultivos erosivos como el maíz, el boniato o la judía. Mientras tanto, estas mismas clases dominantes, aliadas a sus primas europeas y norte-americanas, hunden a vivo paso en la explotación de la reserva forestal del país. Demos una vez más la palabra a Benoit Joachim:

“Todos los testigos destacaron el desarrollo sin precedentes de las explotaciones forestales en Haití al siglo XIX. Las maderas de tinte, ebanistería, construcción… se impusieron por su volumen creciente a la exportación. Todos los navíos que levan anclas de los puertos haitianos se llevaban del campeche, (la madera roja), sólo estaba como lastrado. La variedad `de madera de salina', cuyas calidades tintóreas se ponían en valor por su larga inmersión de tres semanas a dos meses antes de llegar al puerto de embarque, iba principalmente a Le Havre, mientras que el `madera de ciudad', de segundo orden, se empleaba en Inglaterra, Alemania, los Estados Unidos.” (Ibid, pp. 202-203)

Si el proceso se había cerrado allí, Haití muy ciertamente no habría sido lo que es hoy. Pero no. La situación no es tan simple. Francia esclavista ella misma, considerándose perdedora, mas siendo más fuerte, había reclamado una rescate de 150 millones de francos de oro como “compensación” a cambio de que firmó el reconocimiento de la independencia de Haití en 1825, aliviando así algunos términos del embargo. Pero los Estados Unidos esperaron hasta la década 1860 para realizar este simple gesto. Ya que el orden moderno, cuyos estaban en paso de convertirse en los nuevos encargados, no preveía lugar para una República dirigida por negros antiguos esclavizados.

Así pues, en el momento en que los potentes abren el Siglo XX por una primera gran guerra (llamada erróneamente Primera Guerra Mundial), los Estados-Unidos, todo-poderosos en América, y aplicando la doctrina de Monroe - “América a los Americanos”, es decir, a las solas élites de los Estados Unidos - establecen su primer ocupación militar oficial de Haití (1915-1934). El primer acto de esta invasión comienza por un hold-up sobre el Banco central haitiano. Toda la reserva de oro del Banco de la República de Haití fue pillada por las marinas y lleva en Washington. El acto dos consistió en expulsar a los campesinos de sus tierras - estos mismos campesinos cuyo duro trabajo pagó el rapto francés, mal nombrado “deuda de la Independencia”. “Se embarcó” a estos campesinos, como en la época de los negreros, hacia las plantaciones de caña de azúcar estadunidenses a Cuba y la República Dominicana. Ya que, argumentaron los yankees: “La mano de obra negra es más rentable y menos costosa.” Las tierras robadas a los campesinos se entregaron a compañías norte-americanas que no tardaron en transformarlas en desierto, a la imagen de Savann Dezole (Gonaïves), allí donde fallecieron la mayoría de las víctimas de la tormenta tropical Jeanne, en 2004.

Si Francia y los Estados Unidos están en cabeza en la lista de los saqueadores de recursos haitianos, puede-se observar que son bastante bien acompañados en la cumbre del cuadro. Países como Inglaterra o Alemania nunca pensaron dos veces, durante todo el Siglo XIX, antes de sitiar las cajas de la República de Haití con sus navíos de guerra, exactamente como un ladrón de calle se clava su revólver sobre la sien de su víctima. El “Asunto Luders” – un alemán condenado por haber infringido nuestras leyes en 1897, y que sirvió de pretexto para el Gobierno alemán de enviar dos navíos de guerra en la rada de Port-au-Prince y de exigir un rescate de 20'000 dólares – se conoce de todo alumno haitiano.

Pero la estocada debía venir del gran vecino del norte. Hasta el final de la década 70 del siglo XX Haití fue autosuficiente en su alimentación, sobretodo en producción de arroz, que es la base de la alimentación. Mas, probando una necesidad de aumentar su mercado, los Estados Unidos habían definido en el mercado haitiano una de sus patios ideales. Gozando de la complicidad sin falta de la burguesía grandonarquica[1] haitiana y sus dirigentes estatales, habían procedido sistemáticamente a la matanza de todos los puercos haitianos. El pretexto había sido que los puercos haitianos estaban enfermos de peste africana. Para entender el alto alcance criminal de este acto, basta recordar que, en Haití, en la época, se llamaba al puerco: “kanè bank peyizan/cuenta bancario del campesino”. Ya que, junto a la agricultura de subsistencia, la cría de puerco se había revelado la principal fuente de sobrevivencia en medio rural haitiano. Numerosos pequeños campesinos van a encontrarse drásticamente empobrecidos. Es entonces, una vez cortado el ganado porcino, el Estado haitiano firmó con el Estado dominicano un acuerdo en virtud del cual aquél se compromete a proporcionar a éste “el excedente de brazo” así creado para ser empleado como cortadores de caña de azúcar en los bateys, las plantaciones de caña de la región fronteriza haitiano-dominicana.

El precio de la abolición de la esclavitud

Escritores muy simpáticos a favor de Haití, a la imagen del teólogo de la liberación Frei Betto, constatan que “para el Occidente `civilizado y cristiano', Haití siempre ha sido un negro inerte en un escaparate, abandonado a su propia miseria”[2].

Por compadeciéndose que sea esta afirmación, sólo indica un aspecto del problema. Haití nunca fue abandonado. Fue pillado sistemáticamente por el Occidente “civilizado y cristiano” moderno/colonial. Su saqueo no es producto de la casualidad: desde Hegel y la publicación La raison dans l’histoire/ La razón en la historia, el Occidente se encuentra en la obligación de probarse a sí mismo que los negros no son humanos; no forman parte de la civilización; que están al límite máximo de la historia, pero no pueden entrar en la historia sin la intervención del colonizador esclavista europeo; que por lo tanto, la abolición brutal de la esclavitud es un grave error. Es cierto que “la esclavitud es una injusticia en sí y para sí, ya que la esencia humana es la libertad. Pero, para llegar a la libertad, el hombre debe en primer lugar adquirir la madurez necesaria. Por lo tanto, la eliminación gradual de la esclavitud es más conveniente y justa que su abolición brutal.” (Hegel, 2006, p. 260)

Claramente, para Hegel como para el Occidente moderno/colonial, el pueblo haitiano cometió un error gravísimo suprimiendo brutalmente la esclavitud en vez de esperar su eliminación gradual. Es este error que paga el pueblo haitiano, el error de ponerse de pie solo y suprimir brutalmente la esclavitud. Ya que, afirma el pensador de la modernidad, “la esclavitud contribuye a suscitar un mayor sentimiento de humanidad en los negros. [...] es un momento de progreso [...], un momento de educación, una especie de participación en una vida ética y cultural superior” (Ibid, pp. 259-260).

Pero los negros haitianos llevados por Boukman, Jean-Jacques Dessalines y demás han rechazado sencillamente este momento de paso a un grado superior. Sus descendientes deben pagar las consecuencias. Desde que Hegel escribió: “El negro representa al hombre natural en toda su crueldad y carece de disciplina. [...] No se puede encontrar nada en su carácter que corresponde al humano” (Ibid. p. 250-251), el Occidente se encontró en la obligación de fabricar de todas las partes la tesis que el negro es incapaz de auto-gobernarse. De ahí el discurso malicioso que salió del imaginario occidental una guerra imposible de encontrar para, en 2004, justificar la tercera invasión militar oficial de Haití, esta vez por las tropas latinoamericanas.

La lectora o el lector habrá observado que, un momento, había olvidado la descripción de los actos de saqueo imperialistas sobre la economía haitiana. Había considerado que no debía ser difícil deducir como estos saqueos participaron activamente en la construcción del seísmo del 12 de enero y sus efectos trágicos. Otra observación se impone, a pesar de todo. Puerto-Príncipe, la capital de Haití, es una ciudad construida inicialmente para albergar a 250.000 habitantes. Según el Censo general de la población y el hábitat realizado en 2003, la población de la región metropolitana de Puerto-Príncipe se acercaba a cuasi los 3 millones. Punto no es necesidad de ser urbanista, arquitecto o ingeniero para imaginar en qué condiciones van tirando estos seres humanos expulsados del medio rural y empujados expresamente hacia las ciudades. Se comprende fácilmente porqué todo fenómeno “natural” que afecta a Haití genera ipso facto una hecatombe.

Las ONG: nuevas administradoras coloniales en Haití

La industria de la deshumanización de la vida del pueblo negro haitiano no cuenta solamente con los saqueos económicos y las invasiones militares. Como lo había señalado Talleyrand, no se construye una soberanía solamente con bayonetas. Es necesario generar la idea que algún pueblo no forma parte de la historia, que no son seres humanos. Es decir la lógica de la colonialidad no se limita (no podría satisfacerse) a apropiarse de la tierra, a explotar la mano de obra y a establecer su control político… Le es necesario controlar todo el ser social hasta la sexualidad de la gente. Más importante aún, debe controlar la propia subjetividad de la gente a través de sus conocimientos y creencias. Lo que se constató en Haití, es que todo el peso de la Iglesia Católica no consiguió impedir el desencadenamiento de la revolución de 1791 (iniciada con Boukman) que triunfó el 1 de enero de 1804 (con Jean-Jacques Dessalines). Los saqueos y otros asaltos de las potencias imperialistas occidentales durante todo el Siglo XIX no consiguieron modificar la capacidad de resistencia de las clases populares haitianas, especialmente del paisanaje que nunca dejó de reclamar el derecho a la tierra.

La invasión por la mayor potencia imperialista al principio del Siglo XX debió hacer frente a la resistencia popular cuyos nombres de Charlemagne Péralte y Benoit Batravaille son el símbolo. Por ello, junto a las Iglesias dichas evangélicas que pululan a la voluntad de la aceleración de la miseria de las masas, a partir de la segunda mitad del Siglo XX, la misión de administrar la neocolonialidad en Haití se ha confiado a las famosas organizaciones mal llamadas no gubernamentales, que son esencialmente los nuevos Gobiernos coloniales del nuevo milenio. Su trabajo consiste en impedir la matriz colonial que estructura las relaciones capitalistas de aparecer a la superficie. O cuando aparece, de hacer creer que se puede corregirla con ayuda del desarrollo, de la democracia o de una economía más fuerte (Mignolo, 2007).

Desde hace algunas décadas, desde 1948 para ser preciso, Haití experimenta programas de desarrollo. En la región de Cochon-Gras (Marbial, sureste), una región campesina, obviamente. Ya que Haití que era un país mayoritariamente rural y esencialmente agrícola, se identificó a los campesinos como el primer sector que debe ser controlado. El papel del desarrollo comunitario introducido en el medio rural consistió en confundirse con la difusión de nuevas técnicas agrícolas destinadas a convencer a los campesinos de que el fracaso de rendimiento de las tierras destacaba de su ignorancia de las técnicas culturales y no de la confiscación de las tierras fértiles por los grandons-bourgeois.

Haití iba a conocer la verdadera invasión de las ONG a partir de la década 1970 por dos razones. En primer lugar, con la reestructuración productiva del capital y la imposición de la economía dicha de mercado, a nivel internacional; y, a nivel local, con la exterminación de los militantes comunistas haitianos cuyo agente de la CIA, Frank Eyssalem, había conseguido infiltrar el movimiento. Desde entonces, la dicha APD (ayuda pública al desarrollo) se privatizó confiarse a las famosas ONG. De ahí toda la veracidad de los reproches dirigidos por el Primer Ministro Bellerive a los proveedores de fondos: “Son ellos quienes permiten a las organizaciones no gubernamentales hacer lo que quieren. Y son ellos quienes no exigen de estas ONG que dan cuentas al Gobierno.”

La primera ley por la cual se regula el funcionamiento y la implantación de las ONG se remonta a 1982. Estas “Organizaciones no gubernamentales de ayuda al desarrollo”, para retomar el nombre que se les dio, tenían por obligación, en conexión con los Consejos de acción comunitaria jean-claudistes (Conajec - Jean-Claude Duvalier), “de proponer programas y proyectos susceptibles de mejorar las condiciones de vida de las comunidades rurales o urbanas”. En 1987, un año después del final oficial del Gobierno dictatorial, la Unidad de coordinación de las actividades de ONG (UCAONG) ya había contabilizado a más de 950 ONG que ejercían legalmente en el territorio haitiano. Antes del seísmo, eran más ya de 4000, en particular, en las regiones más desamparadas.

Del 13 de enero a hoy, su número ya habría duplicado, según observadores en Haití. Es con muchas charangas que los grandes medios de comunicación anuncian cada vez las promesas de ayuda a Haití. Los kioscos de prensa de la embajada estadunidenses en Haití - tres por semana - son misas a las cuales asisten a religiosamente los periodistas haitianos que los informan más exactamente que attachés de prensa. Pero la verdad es que no un céntimo de estas sumas no va al Gobierno haitiano. Cada país distribuye su ayuda a sus ONG activas en el territorio haitiano. Pero, nunca no se entiende una frase sobre los esfuerzos titánicos de los 400 médicos cubanos que prodigan sus cuidados a los heridos. En 2004, habían estado durante mucho tiempo los solos de ocuparse de los heridos de la tormenta, al Gonaïves. Nunca no se entiende una palabra sobre Sudáfrica que envió todo un contingente sanitario, sobre la República democrática del Congo, que envió una subvención de 2,5 millones de dólares, a Congo Brazzaville: 1 millón de dólares, sobre Gabón: 1 millón de dólares; sobre Senegal: 1 millón de dólares; sobre Marruecos que envió dos aviones de medicamentos, y de otros países africanos cuya ayuda llega directamente al Gobierno haitiano.

Para saber como se utiliza el dinero llegado en Haití en el nombre del pueblo haitiano, es necesario preguntar al Sr. Michel Chancy, actual ministre de Agricultura que dirigió una ONG durante 10 años. La dicha cooperación internacional se dispersa en centenares de pequeños proyectos que, muy a menudo, no son coherentes los suyos.

“Esta forma de cooperación dispersada bufa de los recursos. Al Ministerio de Agricultura [por ejemplo], no se pueden coordinar estos proyectos porque allí tiene demasiado. Si tomo la vacunación de los animales. Tengo quizá siete o ocho proyectos de vacunación. Podría tener un programa global de vacunación, pero porque cada agencia internacional tiene sus fondos, se separa nuestro programa nacional de vacunación en cinco, seis o siete proyectos. Cada proyecto tiene sus procedimientos diferentes, cada proyecto tiene su cuenta en banco, su administrador. Con resultado que nuestro tiempo es gastado por la administración. Les digo todo eso para decirles que hay todo un conjunto de problemas que hacen que la capacidad de toma en carga por los propios Haitianos se afecta mucho.”

Los grandes medios de comunicación hacen un concierto de la ayuda de urgencia a los Haitianos. Y muestran muertos de hambre que se pegan para una bolsita de agua. Pero no una única palabra sobre la (re) construcción de hospitales, escuelas o universidades públicas. Muchos discursos sobre las tiendas para refugios provisionales, pero no hay una palabra sobre la construcción de alojamientos sociales duraderos. Muchas promesas de grandes sumas cuya parte fundamental estará a cargo de la población del país, ya que se contabilizan como préstamos (a reembolsar) con el fin de mantenernos aún y aún en la dependencia. No hay una palabra en favor de la anulación de toda deuda. Muchos soldados para reforzar la violencia y la ocupación, ¿pero a cuánto médicos, enfermeras, ingenieros… que permanecen?

En 2009, la clase obrera haitiana experimentó de una manera muy particular el significado de la presencia de las tropas militares latinoamericanas. Después de seis años de negación de sus obligaciones legales, el Parlamento finalmente había reajustado el salario mínimo, haciéndolo pasar de 70 a 200 gourdes (1 euro = + /- 60 gourdes). Los estudiantes de la Universidad de Estado de Haití lucharon durante cuatro meses (de junio a septiembre) para forzar la promulgación de la ley por el jefe del Estado. No hubo una única manifestación que la Minustah (Misión de las Naciones Unidas para la estabilización en Haití, encargado por el ejército brasileño) no reprimió en la sangre. Incluso el Hospital de la Universidad de Estado de Haití – el hospital de los empobrecidos – se regó de gas lacrimógeno. En distintas ocasiones, la Minustah había intentado invadir a la Universidad, en busca de militantes, especialmente del profesor Jn Anil Louis-Juste cuyo nombre se citó como el principal responsable de las reivindicaciones. Por último, en el momento en que se esperaba menos, se asesinó al profesor, o sea el 12 de enero, alrededor de dos horas antes del seísmo.

Las 250.000 muertes del seísmo del 12 de enero son víctimas sobre todo de la injusticia agraria cometida y no reparada desde hace 204 años. En 1987, el impulso popular había llevado los constituyentes a crearse en la Constitución un Instituto nacional de la reforma agraria (Inara). Pero es precisamente para dejar mejor intacta esta extrema cuestión. Ya que toda reforma agraria pasará por la apropiación de las tierras injustamente robadas y llamadas hoy “propiedad privada” y por su redistribución a sus verdaderos propietarios – los campesinos. Sin necesariamente confundir distribución de tierra y reforma agrario. Eso incluirá las tierras fértiles de Ouanaminthe transformadas en zonas francas, las tierras fértiles robadas por las empresas brasileñas y establecidas actualmente en jatropha, etc. Se comprende inmediatamente que, mientras el orden socio-metabólico del capital siga reinando en Haití, no habrá medio de evitar calamidades del tipo del 12 de enero de 2010 o 21 de septiembre de 2004. Por esta razón es necesario comenzar inmediatamente por levantarse para nuestras viejas reclamaciones:

• Anulación inmediata y total de la deuda (multilateral y bilateral) de Haití, y esto, sin ninguna condición.

• ¡Pago de las reparaciones! Restitución inmediata por el Gobierno francés de los 900 millones de euros de la fortuna Duvalier; dinero robado por el dictador al pueblo haitiano [así como el dinero de Duvalier tenido por los bancos suizos].

• Reembolso de los 150 millones de francos-oro (21 mil millones de euros) del rapto pagados después de su independencia por los Haitianos “para compensar” los esclavistas francés.

• Que el dinero pagado y otros recursos estén bajo control de los trabajadores haitianos y de sus organizaciones.

• Paro inmediato del empleo militar: salida de todas las tropas (americanas y del Minustah).


Bibliografía

CHAUI, Marilena. A história no pensamento de Marx, in Atilio A. Boron et. alii (orgs), A teoria marxista hoje. Problemas e perspectivas, São Paulo, CLACSO / Expressão Popular, 2007.

HEGEL, Georg W. F. La raison dans l’histoire, Paris: 10 / 18, 2006.

JOACHIM, Benoit. Les racines du sous-développement en Haïti, Port-au-Prince: Prix Deschamps, 1979.

LOUIS-JUSTE, Jean Anil. Internacional Comunitária: ONG chamadas alternativas e Projeto de livre individualidade Crítica à parceria enquanto forma de solidariedade de espetáculo no Desenvolvimento de comunidade no Haiti, 2007. 353 p. Thèse (Doctorat en service social), Université Fédérale de Pernambuco, 2007.

MINGOLO, Walter D. La Idea de América Latina, La herida colonial y la opcíon decolonial. Barcelona: gedisa, 2007.

PIERRE-CHARLES, Gérard. Radiographie d’une dictature. Montréal: Presse de L’imprimerie Ggé Ltée, 1973.

SEGUY, Franck. Globalização Neoliberal E Lutas Populares No Haiti: Crítica À Modernidade, Sociedade Civil E Movimentos Sociais No Estado De Crise Social Haitiano, 2009. 219 p. Dissertation (master en service social), Université Fédérale de Pernambuco, 2009.

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[1] El concepto de grandonarcho-burguesía o burguesía grandonarquica designa las prácticas patrimonialistas de los que llamamos en Haití los grandons-bourgeois (literalmente burgueses latifundistas). Este último concepto es de nuestro camarada Jn Anil Louis-Juste, crapulosamente asesinado dos horas antes del terremoto, para llamar la atención sobre la especificidad de la burguesía haitiana. Es una burguesía de grandes latifundistas (grandon, en lengua haitiana) pero que no invierten en la producción. Sus tierras, que no se insertan en la producción directamente capitalista, se confían a campesinos que las hacen fructificar a continuación para pagar el grandon en renda – operación a la cual el grandon se lleva la parte del león mientras que lo que permanece al campesino puede cubrir ni siquiera los gastos a los cuales había invertido para realizar la producción. Este mismo grandon, como burgués, invierte principalmente en las actividades comerciales de importaciones/exportaciones. Componen en Haití una clase de grandonarquia, es decir, una familia (un poder) muy de poca gente que controla la parte fundamental de la economía nacional.

[2] Frei Betto, O Haiti existe? http://alainet.org/active/35839. 29 de enero de 2010.

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