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Hacia un despertar global

category internacional | la izquierda | opinión / análisis author Tuesday March 08, 2011 22:36author by José Luis Carretero Report this post to the editors

El siguiente artículo fue escrito por José Luis Carretero, militante del sindicato Solidaridad Obrera de Madrid, poco antes de que estallaran los movimientos de masas en el mundo árabe, que no han venido sino a confirmar su tesis de que estamos ante un cambio de ciclo que nos abre, a quienes proponemos una transformación socialista y libertaria de la realidad, posibilidades insospechadas hace tan sólo un puñado de años que no debemos desaprovechar.

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La actual crisis sistémica conforma el escenario esencial en el que nos encontramos y que influye poderosamente en el conjunto de nuestra vida social, de manera que resulta casi absurdo operar políticamente sin tenerla en cuenta. Pero ¿cuál es la naturaleza de dicha crisis? ¿Cuál puede ser su resultado final?

Bien. Empecemos por el principio. La posibilidad de que el actual ciclo de acumulación neoliberal, inaugurado tras la crisis del 73, terminase precipitando una convulsión gigantesca que llevara al capitalismo por derroteros no conocidos (o quizás, incluso, a su final) era una opción que ya fue apuntada a finales de los 70 por una escuela económico-sociológica concreta, la llamada escuela de los “sistemas-mundo”, cuyos más relevantes representantes eran personajes de la talla de Samir Amin, Immanuel Wallerstein o André Gunder Frank.

Partiendo de la base de que el neoliberalismo triunfante tras el paréntesis keynesiano de los “treinta gloriosos” (años 40, 50 y 60) iba, a largo plazo, a destruir las bases de reproducción del propio sistema capitalista, al abatir la demanda y dificultar por tanto la realización de la plusvalía, estos autores planteaban la inevitabilidad de una fuerte crisis sistémica que se convertiría en la génesis de unas enormes bifurcaciones históricas que transformarían el mundo social de maneras no determinables de antemano.

La idea básica era que la disminución de la tasa de acumulación (de la tasa de rentabilidad en la producción) estaba siendo salvada por el sistema en una dirección que no podía más que provocar, en el medio plazo, su propia desarticulación: mediante el abaratamiento de los salarios (y, por tanto, de la demanda, que hubo de ser inflada artificialmente mediante el crédito) y la financiarización de la economía. A este respecto, Giovanni Arrighi llamaba la atención sobre la recurrencia histórica de la financiarización como elemento final de los procesos de hegemonía y de las fases históricas del desarrollo capitalista, explicando como el predominio de las actividades financieras sobre la economía real se producía históricamente siempre en la última etapa de los diversos imperios.

Estos análisis se acompañaban, en el caso de Immanuel Wallerstein, de la interpretación del sistema capitalista desde el marco general de la teoría de sistemas: el capitalismo, como sistema que es, tendrá un inicio y un final. Y en su fase final o de crisis las bifurcaciones se harán cada vez más frecuentes y las oscilaciones más fuertes. La imagen utilizada por Wallerstein para explicar lo que quería decir era la de una rueda saliéndose de su eje: el primer aflojamiento del tornillo que la sostiene apenas se nota, pero a partir de ahí los movimientos son cada vez más fuertes, frecuentes y violentos, hasta que la rueda se suelta.

Más recientemente, otros autores insertan nuevas perspectivas en este marco de análisis. Citaremos por su cercanía a nuestro mundo cultural a Jorge Beinstein y Ramón Fernández Durán.

El argentino Jorge Beinstein pone el acento sobre la confluencia de un amplio conjunto de crisis paralelas que han venido gestándose silenciosamente en los últimos decenios: la económica, la militar, la ecológica, la cultural, etc. En su visión, la gigantesca convulsión que se avecina, dada la fatal interacción de dicho conjunto de crisis, puede llevar a una situación de colapso de la civilización burguesa. Es importante retener la idea de “fin de ciclo”, que se expresa en todas las facetas de la vida social (tanto en lo económico como en lo cultural, o incluso en lo militar, dada la incapacidad de los ejércitos occidentales, intensivos en capital y tecnología, para obtener una victoria clara en los escenarios de guerra del Tercer Mundo como Irak o Afganistán).

Desde su perspectiva, Jorge Beinstein plantea (como ya había hecho Wallerstein) la inminencia del declive de la hegemonía estadounidense, en el marco del capitalismo global, pero además no ve, en el corto plazo, sucesores que puedan tomar el mando en sustitución del gigante norteamericano. Frente a las tesis que ven a China como el nuevo imperio, subraya la enorme dependencia del país asiático con respecto al mercado capitalista mundial y, concretamente, con respecto a la demanda de los consumidores occidentales. Para poder sustituir el mercado occidental con su mercado interno (algo imprescindible para continuar su crecimiento en un contexto de desplome del imperio americano) China debería realizar, según la perspectiva de Beinstein, una transformación social interna que redistribuyera la riqueza de una magnitud semejante a la operada, en sus inicios, por la revolución maoísta. ¿Está dispuesto o en condiciones el Partido Comunista Chino de promover semejante redistribución de la riqueza en el interior del país a favor de las clases subalternas? Beinstein opina que no.

Ramón Fernández Durán, por su parte, pone el acento sobre el aspecto ecológico de la crisis sistémica capitalista. En su opinión, la dinámica de crecimiento exponencial del sistema ha podido mantenerse gracias al agotamiento de los recursos físicos del planeta, y más concretamente sobre el uso intensivo de las energías fósiles. Es más, el crecimiento acelerado de los años neoliberales sólo ha sido posible sobre la base un consumo energético (basado principalmente en los derivados del petróleo) absolutamente insostenible a medio y largo plazo. La inminencia del pico del petróleo y del resto de los recursos fósiles que pueden usarse para la obtención de energía (como el carbón), inaugura el escenario de una gran convulsión que llevará al mundo en la dirección del colapso de la civilización industrial y del inicio de una nueva “era post-fosilista” en la que la vuelta al campo y al mundo agrario tradicional se volverá inevitable.

Así pues, las visiones de la catástrofe o del colapso están servidas. Lo que parece claro es que el mundo que conocíamos está llegando a su fin, que el futuro inaugura nuevas perspectivas y posibilidades, que nuevos problemas emergen en un horizonte inestable y tenso. ¿Qué opciones nos quedan ante dicho escenario?

Fernández Durán, por ejemplo, afirma que es posible que la crisis civilizatoria pueda conformar una sociedad mejor pero, puntualiza, no desde luego en los próximos 20-30 años, en los que piensa que la situación empeorará progresivamente y los movimientos sociales tendrán poco que hacer. No ve, por tanto, perspectivas para la movilización inmediata y sí sólo para una lenta transformación de las formas de vida al hilo de la agrarización posterior al hipotético 2030 que dibuja en sus análisis (cuando la crisis ecológica se desate en toda su amplitud).

Recordemos, sin embargo, el punto de vista de Wallerstein: el capitalismo es un sistema y, como tal, es mucho más vulnerable en sus fases de crisis que en las de estabilidad. Las acciones que en los momentos estables no conducirían a una transformación profunda del sistema, podrían sin embargo llevarlo en direcciones inéditas en sus momentos inestables. Así, cada acción individual se vuelve preciosa y plena de potencialidades en el marco de las convulsiones y bifurcaciones finales. Uno puede empujar la rueda fuertemente cuando está bien ajustada y no obtener ningún resultado, pero un leve toque puede hacerla saltar cuando se está saliendo de su eje.

En definitiva, la agonía del capitalismo puede derivar en una nueva estabilización más autoritaria y socialmente regresiva que lo que ahora tenemos, o en una transformación progresiva, ecológica y socializante. El resultado final no es determinable, pues el número de variables que intervienen y su comportamiento futuro son imposibles de calcular, ahora más que nunca, dado el caos sistémico imperante. La “ventana de oportunidad” para la acción individual está servida. Es precisamente en este momento cuando es más cierto que nunca que el futuro lo construyen los seres humanos con el conjunto de sus actos.

Y es acompañando a este análisis, que Jorge Beinstein, frente al pesimismo en lo inmediato de Fernández Durán, plantea todo lo contrario: la posible inminencia de un despertar político global por el que las poblaciones del planeta empiecen a salir de su letargo neoliberal.

Se basa para ello en las predicciones de analistas del propio sistema como el norteamericano Brzecinski, y en la subsistencia de un enorme legado democrático amasado por los pueblos en los últimos doscientos años de luchas. Un recuerdo e interiorización de los mecanismos y principios de los movimientos obreros y de liberación nacional que, aún debilitado, no ha podido ser aniquilado en la larga noche neoliberal.

Es realmente posible que las convulsiones que se están operando ya, despierten al gigante dormido, como poco a poco empieza a suceder en Francia, Portugal (donde ha tenido lugar la mayor huelga general de su historia), Grecia, etc. ¿Quién podría pensar que gente como los controladores aéreos españoles pudiera estar en la punta de lanza de las movilizaciones obreras de nuestro país? Precisamente la gente como ellos (con sus buenos sueldos y sus buenos trajes, pero sin acceso real a los medios de producción), es la que va a tener que plantearse, en lo inmediato, muchas cosas entorno a su forma de vida, y a quienes son sus verdaderos enemigos.

El gigante ya está empezando a agitarse, y es posible que cuando se despierte no presente la fisonomía exacta que nos gustaría o esperamos desde nuestra perspectiva eurocéntrica. Pero las noticias de las huelgas empiezan a recorrer Asia y Europa, y la agitación latinoamericana no se detiene. Los obstáculos son enormes (la represión, el silencio y la censura de los medios de comunicación, la labor de zapa de la “socialdemocracia” global…).

Pero el principal obstáculo es que hemos interiorizado un gigantesco pesimismo existencial que ha transformado nuestro “izquierdismo” en una suerte de nuevo cristianismo, con su odio al cuerpo y a las posibilidades infinitas de lo real. Esperamos ver cumplirse profecías deterministas (disfrazadas de “economía” o “sociología”) cada vez más tristes, escatológicas y frustrantes. Pero lo que es de izquierdas no es analizar “lucidamente” el mundo (y menos si la supuesta lucidez no es más que un atado de impotencia y pasividad), sino transformarlo (y para eso hace falta la alegría febril que hace crecer lo inesperado). Ha llegado el momento de dejar de esconder la cabeza debajo del ala, de poner el cuerpo y la mente en movimiento en el mundo real, de empujar la rueda para que se salga de su eje. Es el momento de despertar.

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