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El rumbo de la CGT (I)

category argentina/uruguay/paraguay | workplace struggles | opinión / análisis author Monday August 27, 2012 01:30author by CEL - Centro de Estudios Libertarios Report this post to the editors

Pelea interburguesa

Los últimos meses han conocido el enfrentamiento político más importante de los últimos años, solo comparable con la lucha interburguesa del 2008 en torno al monto de las retenciones a la producción del agro. Sin embargo, a diferencia de esos meses turbulentos, la actual confrontación se da entre el gobierno y el que fue, hasta hace poco tiempo, uno de sus apoyos más importantes: el movimiento obrero abroquelado detrás del burócrata sindical Hugo Moyano. De los diversos conflictos que vivió el gobierno hasta el momento (campo y grupo Clarín, principalmente), este es el primero en el cual se enfrenta con una fuerza que encompasa a un sector importante de la clase obrera organizada. Si bien durante la toma de la alimentaria Kraft, las huelgas de los trabajadores del neumático, el proceso fraudulento al delegado sindical Rubén “Pollo” Sobrero y la huelga de docentes santacruceños impulsada por ADOSAC el gobierno se enfrentó con fracciones de la vanguardia clasista, éstas representan solo una parte del potencial disruptivo que encarna el sindicato de Camioneros y la CGT. El acercamiento entre Moyano y Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, icónico dirigente de la derecha peronista y actual aliado nominal del kirchnerismo, complican el panorama. Desde el gobierno y sus voceros se caracteriza, de manera interesada, esta alianza como un fortalecimiento de la derecha, sin mencionar que ambos, Moyano y Scioli, eran hasta el momento dos de sus más importantes aliados. Además, caudillos reaccionarios como Gildo Insfrán y Jorge Capitanich, gobernadores de Formosa y el Chaco respectivamente, siguen revistiendo orgullosamente en el armado kirchnerista. Es necesario, por tanto, escaparle a los simplistas análisis dicotómicos en los cuales “el mal menor” sería la fuerza que aglutina menos representantes de la derecha y por tanto es la que debe ser reforzada. Creemos de suma importancia poder intervenir políticamente en esta coyuntura desde una posición libertaria y de izquierda, pero para que ésta sea eficiente es necesario analizar la realidad de manera profunda y detallada.
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Los últimos meses han conocido el enfrentamiento político más importante de los últimos años, solo comparable con la lucha interburguesa del 2008 en torno al monto de las retenciones a la producción del agro. Sin embargo, a diferencia de esos meses turbulentos, la actual confrontación se da entre el gobierno y el que fue, hasta hace poco tiempo, uno de sus apoyos más importantes: el movimiento obrero abroquelado detrás del burócrata sindical Hugo Moyano. De los diversos conflictos que vivió el gobierno hasta el momento (campo y grupo Clarín, principalmente), este es el primero en el cual se enfrenta con una fuerza que encompasa a un sector importante de la clase obrera organizada. Si bien durante la toma de la alimentaria Kraft, las huelgas de los trabajadores del neumático, el proceso fraudulento al delegado sindical Rubén “Pollo” Sobrero y la huelga de docentes santacruceños impulsada por ADOSAC el gobierno se enfrentó con fracciones de la vanguardia clasista, éstas representan solo una parte del potencial disruptivo que encarna el sindicato de Camioneros y la CGT. El acercamiento entre Moyano y Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, icónico dirigente de la derecha peronista y actual aliado nominal del kirchnerismo, complican el panorama. Desde el gobierno y sus voceros se caracteriza, de manera interesada, esta alianza como un fortalecimiento de la derecha, sin mencionar que ambos, Moyano y Scioli, eran hasta el momento dos de sus más importantes aliados. Además, caudillos reaccionarios como Gildo Insfrán y Jorge Capitanich, gobernadores de Formosa y el Chaco respectivamente, siguen revistiendo orgullosamente en el armado kirchnerista. Es necesario, por tanto, escaparle a los simplistas análisis dicotómicos en los cuales “el mal menor” sería la fuerza que aglutina menos representantes de la derecha y por tanto es la que debe ser reforzada. Creemos de suma importancia poder intervenir políticamente en esta coyuntura desde una posición libertaria y de izquierda, pero para que ésta sea eficiente es necesario analizar la realidad de manera profunda y detallada.

Pelea interburguesa

La crisis internacional impacta en la realidad argentina de manera particular. Las necesidades de realizar un ajuste para mantener la tasa de ganancia capitalista chocan contra la estrategia de construcción de legitimidad ejercitada por el kirchnerismo. Ante la reducción de la masa de plusvalía que se puede repartir socialmente, se ejecuta un aumento generalizado de la explotación por vía de la reducción del monto salarial de amplias masas de la población (rebaja de salarios reales por medio de la inflación, topes paritarios por abajo de ésta y no actualización del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias). En este contexto de empobrecimiento general de todas las fracciones de la clase trabajadora, el gobierno nacional intenta mantener su ascendiente sobre los sectores más perimidos en base a buscar, discursivamente, hacer creer que la pobreza de unos se debe al exceso de “bienestar” de otros trabajadores. De esta manera, se busca interpelar al sentido común reaccionario que considera que los aumentos en los precios están ligados con los salarios de esos trabajadores, como es el caso del subte y los camioneros. Esta táctica reaccionaria solo puede ser consensuada por lo más rancio y oportunista de la burocracia sindical. Por tanto, no es sorpresivo que los dirigentes sindicales que participaron de la experiencia menemista, los llamados “Gordos”, sean ahora los puntales principales de la oposición kirchnerista a Moyano a la interna de la CGT. Es que, en el fondo, el ajuste kirchnerista se encuentra hermanado en finalidades con la década menemista, en el sentido de que busca cuidar la tasa de ganancia en base a desarmar al movimiento obrero y al desguace de los capitales obsoletos. En este sentido, el oportunismo de la burocracia sindical fiel al kirchnerismo a largo plazo es un pacto suicida puesto que atenta contra las mismas bases de poder de los sindicatos.

Es por ello que Hugo Moyano, que ya ha mostrado en diversas ocasiones que aunque es un sirviente de la burguesía y no tiene ninguna pretensión de superar este sistema social es un viejo y astuto lobo, se vio llevado a oponerse de frente al kirchnerismo y disputarle las credenciales de verdadero peronismo. Esta es una reedición de las viejas medallas combativas moyanistas, quien cuenta con el honor de ser uno de los pocos personeros de la burguesía en oponerse al menemato.

Pero la tensión en la relación entre el kirchnerismo y la dirigencia sindical producto de la crisis internacional no explica por sí sola la actual coyuntura nacional. Hay que agregar al análisis las disputas interburguesas por la dirección del proceso de acumulación nacional. Éstas, que se expresaron hace unos años en la disputa por las retenciones, hoy se encuentran encarriladas en el terreno más pacífico de la institucionalidad burguesa. En ese momento la derrota del gobierno, sufrida por vía legislativa, aireó al sistema institucional y fortaleció a la burguesía agraria. Aunque el kirchnerismo pudo reconstruir su armado electoral y lograr la resonante victoria por el 54%, esto se debió a las concesiones realizadas a diestra y siniestra a las diferentes fracciones de la burguesía. Durante los últimos años del “viento de cola” ninguna fracción de la burguesía se encontró realmente aislada del reparto de la torta, pero la nueva situación internacional ha vuelto inviable seguir con esta política de desarrollo capitalista ineficiente. El sistema capitalista se rige objetivamente por la ley del valor, por la competencia intercapitalista por apropiarse de la plusvalía producida por la clase obrera. El desarrollo de los medios de producción potencia la productividad pero a la vez condena a las industrias obsoletas de una rama a su desaparición. Esta puede evitarse por un tiempo en base a la apropiación, por medios políticos, de la plusvalía generada por otras empresas. Durante los años de “viento de cola”, la formación político social argentina se sostuvo mayormente en la productividad del agro. La inyección de plusvalor generado en una rama competitiva hacia otras que no lo son no es algo negativo en sí mismo para el desarrollo capitalista: hay múltiples casos que demuestran que esta es una manera válida para potenciar la competitividad de una formación social, como fue el caso de los Tigres del Oriente (Tailandia, Malasia, etc) o Brasil. El problema para la acumulación se da cuando ese plusvalor inyectado no es utilizado para impulsar el desarrollo de la rama hasta hacerla productiva a nivel mundial. Este es el caso de las transferencias de plusvalor realizadas en la formación social argentina. El kirchnerismo aseguró la tasa de ganancia de amplios sectores improductivos a nivel internacional (automotriz, polo de ensamble tecnológico de Usuhaia, industria azucarera), pero no les exigió, de modo firme, la inversión para volverse competitivos. De esta manera, aunque el gobierno pudo construir legitimidad durante años a merced de su superávit fiscal, carece de las herramientas necesarias para poder soportar una crisis internacional sin ver jaqueadas las bases de su hegemonía.

Con la baja del valor del precio de las commodities y con su correlato en la reducción de la recaudación impositiva a todo nivel, se ha perdido la masa de plusvalía apropiada que se repartía, base fundamental del sistema. Esto obliga al gobierno a priorizar en dónde ubica sus recursos y a la vez a tratar de aumentar la masa apropiada. La primera y más elocuente expresión de esto se encuentra en la limitación al envío de fondos a la provincia de Buenos Aires que obligó al gobernador Scioli a fraccionar el pago del aguinaldo para los empleados estatales (docentes incluidos). Esta situación, analizada por los medios oficialistas en clave puramente de internas políticas (debido a la voluntad expresada por el gobernador para presentarse en las presidenciales de 2015), desnuda la incapacidad del Estado para mantener los niveles actuales de inyección de plusvalía. Esto se refleja en que la gran mayoría de las provincias tienen déficit fiscales y necesitan para terminar el año el envío de fondos federales, que reciben en niveles inferiores a los requeridos. En buen criollo, el kirchnerismo se encuentra sin plata encima, pero quiere tercerizar la aplicación del ajuste a sus lacayos políticos, utilizándolos de fusible para cuando la situación política se complique.

Es esta coyuntura la que lleva a que los perjudicados de los obligados reacomodamientos en la política nacional se vean coaligados en una nueva oposición salida de las entrañas del bloque gobernante. Es esta situación de debilidad y necesidad la que lleva a Hugo Moyano a aliarse con el gobernador Daniel Scioli, aunque éste no represente realmente ninguna superación política al modelo kirchnerista. De esta manera, encontramos en la actual coyuntura que dos grandes alianzas sociales se están consolidando: la primera, acaudillada por Cristina Fernández de Kirchner y el kirchnerismo, dirige actualmente el país, aunque jaqueada por el achicamiento de los recursos a su control, de tal modo que para poder mantener la estructura social actual debe aumentar la explotación de la clase trabajadora y dejar morir a sectores ineficaces de la producción (industria olivícola del Cuyo, pymes). En esta alianza se encuentran los burócratas sindicales que le disputan el control de la CGT a Moyano, los altos funcionarios nacionales y dirigentes de bancadas de diputados y senadores (sobre todo del riñón camporista) y buena parte de la burguesía industrial que desde una posición más resguardada aprueba el ataque al movimiento obrero. La segunda alianza, que carece de un líder claro, está compuesta por Daniel Scioli y por el moyanismo. Lo variopinto de esta alianza hace que se mezclen en ella tendencias neoliberales con una fuerte defensa del reformismo y, por tanto, de la fortaleza de las instituciones sindicales.

Es evidente que ninguna de estas dos alianzas plantea, siquiera remotamente, la intención de superar el marco del sistema capitalista. Pero ello no tiene que ser razón para no intervenir desde una posición socialista y de clase en la coyuntura actual. El rol de los militantes y sus organizaciones políticas es buscar incidir desde los organismos de la clase en las disputas políticas existentes. En este sentido es importante analizar el contenido de la realidad y ajustar bien como se debe intervenir. Es importante también reconocer que no existe fórmula general para incidir de manera exitosa en la realidad, sino que debe realizarse un constante análisis de la misma para calibrar las formas de hacerlo. De esta manera, hay que analizar friamente que propone cada alianza social y ver en que posición deja a la clase obrera para realizar sus luchas y avanzar en su programa de cambio social.

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