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Joe Hill: rebelde en la tierra del dólar, asesinado por la plutocracia yanqui hace un siglo

category américa del norte / méxico | historia del anarquismo | opinión / análisis author Saturday June 04, 2016 21:58author by José Antonio Gutiérrez D. Report this post to the editors

Artículo publicado originalmente en la edición Nº32 del periódico anarquista chileno Solidaridad (Marzo-Abril 2016). Se publicó una versión resumida, esta es la versión original.

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Joe Hill: rebelde en la tierra del dólar, asesinado por la plutocracia yanqui hace un siglo

Hay poder, hay poder, en un grupo de obreros,
Cuando se alzan de la mano,
Ese es el poder, ese es el poder, que debe regir en todos los países,
Una gran unión sindical

(Joe Hill, There is Power in a Union, 1913)

Con todo el peso que el imperialismo tiene en los asuntos de nuestra América Morena y del mundo, a veces se nos olvida que en los EEUU también hay luchas de clases y, por supuesto, pueblo. Aunque no siempre sea tan visible, existen importantes movilizaciones a todo nivel en los EEUU: laborales, feministas, ambientales, y por supuesto, contra el racismo. Las enormes y radicales movilizaciones contra la brutalidad policial y el racismo que han enfrentado a las comunidades Afroamericanas contra el racismo estructural e institucionalizado en la tierra del dólar son apenas un botón de muestra de que en el “vientre de la bestia” también hay rebeldía, que no todo el mundo está alienado ni dominado. También hay hermanos y hermanas que necesitan de nuestra solidaridad y que la practican a diario, cuando protestan en masa en contra de las intervenciones imperialistas de su país. Eso de la tierra de la libertad, las oportunidades, la democracia y el ratón Mickey es un cuento chino que sólo se tragan entero los más bobitos.

Pero esto no es solamente un asunto del presente. De hecho, los EEUU tienen una larga tradición de lucha y rebelión, de organización obrera y de radicalismo político, que abarca un período de por lo menos 200 años. Esa historia, como todas las historias de luchas populares en cualquier lugar, es patrimonio de todos los pueblos del mundo. En ella encontramos episodios inspiradores, trágicos, bellos, que demuestran la solidez de la fibra con la que han sido hechos muchos de los revolucionarios norteamericanos. En particular, en la lucha obrera y sindical, encontramos algunos episodios que han dado la vuelta al mundo: los Mártires de Chicago y la Huelga del 1º de Mayo de 1886, los casos de Sacco y Vanzetti, y las luchas de los IWW, Industrial Workers of the World (Trabajadores Industriales del Mundo), organización sindicalistas revolucionaria que lideraría uno de los procesos más radicales de organización contra el capitalismo en su mismísimo corazón. Esta es una parte de la historia que los poderosos han querido borrar de la memoria de las mujeres y los hombres. Por eso, como decía el cantautor libertario estadounidense, Utah Phillips, la idea más radical en los EEUU es la memoria histórica. Por eso creemos importante rendir un pequeño homenaje a una de las figuras más carismáticas de los IWW, que englobó en sí mismo todo lo que la organización era: trabajador temporal, no calificado, agitador sindical infatigable, inmigrante, artista, revolucionario, libertario, rebelde, irreverente, iconoclasta, escritor, pintor y músico. Esa figura es Joe Hill, cuya risa hacía temblar a la plutocracia yanqui como nada en este mundo.

Las últimas décadas del siglo XIX habían sido momentos de gran agitación obrera. Los sindicatos crecían y se extendían por todo el país, a un ritmo casi tan acelerado como el de la propia expansión del gran Capital. En ellos, una multitud de obreros de todos los orígenes (norteamericanos, irlandeses, alemanes, checos, judíos, italianos, franceses, cubanos, etc.) producían periódicos anunciando el fin del capitalismo y el inicio de una nueva vida; organizaban luchas y huelgas, así como también grupos de autodefensa contra la violencia policial, que era implacable en contra de la agitación obrera. La plutocracia yanqui siempre ha tenido verdadera alergia en contra de quienes piden derechos o cambio social. Creyeron que el asesinato de los cinco anarquistas en Chicago el 11 de Noviembre de 1887 durante las luchas por las ocho horas de trabajo acabaría con la “plaga” sindical, pero para su sorpresa, las luchas se multiplicaron y crecieron en radicalidad. Hubo varias huelgas de gran combatividad que, incluso, se llevaron adelante mediante la ocupación armada de fábricas y minas por parte de los obreros, y abiertos combates con las fuerzas represivas del Estado, como en la huelga de Homestead (1892), las huelgas mineras en Colorado (1903-1904; 1913-1914) o la Batalla de Blair Mountain (1921), por nombrar sólo las más emblemáticas.

Es en medio de esa radicalidad que en 1905 nace la IWW, como máxima expresión de una clase obrera organizada y envalentonada. Su prédica del sindicalismo industrial y revolucionario, sus ataques al gremialismo reformista, son resumidos en los siguientes pasajes de su “Preámbulo”: “La clase trabajadora y la clase patronal no tiene nada en común (…) Entre estas dos clases habrá lucha hasta que los trabajadores del mundo se organicen como clase, tomen posesión de la tierra y la maquinaria de producción y acaben el sistema salarial (…) Es la misión histórica de la clase trabajadora hacer desaparecer el capitalismo. El ejército de la producción debe ser organizado, no solamente para la lucha diaria contra el capitalismo, sino también para hacerse cargo de la producción y distribución cuando el capitalismo haya sido derrocado. Organizándonos industrialmente estamos formando la estructura de la nueva sociedad dentro del cascarón de la vieja”. Existen pocos documentos en la historia del movimiento obrero internacional que demuestren esta claridad, esta concisión, esta determinación y esta radicalidad.

El control obrero se convirtió en el aspecto central que dividía al sindicalismo revolucionario de otras expresiones del movimiento obrero. En momentos que el fordismo aparecía como el nuevo paradigma productivo que, a la vez que maximizaría la producción y las ganancias del capital, reduciría al obrero a una mera herramienta en el aparato de la producción, anulando su humanidad, su control en la producción y su capacidad de demostrar pericia en su labor cotidiana. En cierta medida, la IWW exaltaban, en medio de la deshumanizante línea de producción, el carácter humano del obrero: exigían control y poder para el obrero, exigían democratizar la economía, pero también desarrollaban una amplia cultura obrera, con caricaturas (como el famoso Mr Block, una burla al sindicalismo conservador), obras de teatro, literatura, artes plásticas. Y sobre todo, cantaban en las huelgas. Esas canciones se convertirán en la base del movimiento de canto popular que posteriormente tendrá entre sus máximos exponentes a Pete Seegers y Woodie Guthrie. Pero ellos, comenzaron cantando las ingeniosas canciones escritas por Joe Hill, ese inmigrante que recorría el país saltando de un vagón de tren a otro, sin pagar, durmiendo mal y comiendo menos.

Joe Hill nació en 1879 como Joel Emmanuel Hägglund en Gävle, Suecia. Emigró a los EEUU en 1902 donde le cambiaron el nombre, como entonces se hacía (y aún se hace) con inmigrantes cuyos nombres las autoridades migratorias consideraban impronunciable. Se unió a los IWW en 1910, mientras trabajaba como estibador en California y desde entonces su vida se dedicó a la causa de la emancipación de los trabajadores. Organizó trabajadores manuales, precarios y temporales en varias partes de la costa Oeste de los EEUU; compuso canciones para animar las huelgas y las actividades sociales del sindicato, en las cuales se reía de los predicadores, del obrero conservador, de la burocracia sindical, de los rompe-huelgas y llamaba a la solidaridad de clase y la lucha revolucionaria; ilustraba con caricaturas la prensa de los IWW. Fue un internacionalista convencido: apoyó a los revolucionarios mexicanos mediante la estrecha relación que existía entre la IWW y el Partido Liberal Mexicano, liderado por el anarquista Ricardo Flores Magón, y participó en 1911 en una cuadrilla insurgente en Baja California. Mientras los sindicatos conservadores chillaban contra los inmigrantes chinos, Joe Hill los organizaba y hasta aprendió a cocinar comida china, en una muestra de su interés en el ser humano y no en la mera cifra de afiliación sindical.

En 1914 lo arrestan y condenan en Utah, por cargo de supuesto homicidio. El juicio, o mejor dicho, montaje judicial, fue una farsa, su suerte estaba echada desde antes del veredicto que lo sentenciaba a muerte por fusilamiento. Cuando sus compañeros lo iban a visitar a su celda, su mensaje era claro “No me lloren, ¡organícense!”. Difícilmente podía mostrar más convicción, valor y entereza alguien en esas circunstancias. El maestro Eduardo Galeano lo describió como “El cantor de los pueblos en furia” y escribió sobre su martirio en las siguientes palabras:

Lo condenan por cantar baladas rojas que toman el pelo a Dios, despabilan al obrero y maldicen al dinero. La sentencia no dice que Joe Hill es un trovador proletario, y para colmo extranjero, que atenta contra el buen orden de los negocios. La sentencia habla de asalto y crimen. No hay pruebas, los testigos cambian de versión cada vez que declaran y los abogados actúan como si fueran fiscales, pero estos detalles carecen de importancia para los jueces y para todos los que toman las decisiones en Salt Lake City. Joe Hill será atado a una silla y le pegarán un círculo de cartulina sobre el corazón para que haga blanco el pelotón de fusilamiento.

Joe Hill vino de Suecia. En los Estados Unidos anduvo por los caminos. En las ciudades limpió escupideras y levantó paredes, en los campos apiló trigo y recogió fruta, excavó cobre en las minas, cargó fardos en los muelles, durmió bajo los puentes y en los graneros cantó a toda hora y en todas partes, y nunca dejó de cantar. Cantando se despide de sus camaradas, y les dice que se va a Marte a perturbar la paz social
”[1].


Los capitalistas yanquis lo mataron el 19 de Noviembre de 1915. 30.000 compañeros marcharon llevando su féretro, haciendo que un periodista se preguntara: “¿Qué clase de hombre es esto cuya muerte es celebrada con canciones rebeldes y a cuyo funeral asisten más dolientes que al de un príncipe o un potentado?”. Joe Hill era el símbolo de las luchas obreras de EEUU, de la brutalidad de ese Estado y de sus capitalistas, simbolizaba lo mejor de toda esa tradición de lucha. Hace poco más de un siglo: por eso Solidaridad le rinde este tributo. Todos los magnates de ese país y su descendencia tienen sus manos manchadas con la sangre de Joe Hill. Con su muerte, no hicieron sino elevarlo a la inmortalidad, convirtiéndolo en un ícono de las luchas populares, uno de esos personajes en la historia cuya voz resuena con más fuerza en muerte que en vida, y nos recuerda que la solidaridad de los pueblos del norte con los del sur es un imperativo para derrotar al capitalismo antes que este sistema acabe con el mundo. Que la solidaridad de clase no debe reconocer fronteras. ¡Algún día te iremos a visitar a Marte compañero Joe, mientras tanto, seguiremos cantando y luchando para así recordarte y rendirte homenaje!

José Antonio Gutiérrez D.
26 de Enero 2016


[1] Memorias del Fuego, Vol.3, Catálogos SRL, Argentina, 1997, p.45

Related Link: https://es.scribd.com/doc/314125518/Solidaridad-N32

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Employees at the Zarfati Garage in Mishur Adumim vote to strike on July 22, 2014. (Photo courtesy of Ma’an workers union)

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