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Friday October 27, 2006 04:09 by José Antonio Gutiérrez Danton
![]() Mujeres Indígenas y sus Voces de Resistencia, Bogotá 27-09-06
El siguiente es un artículo sobre la situación de la mujer indígena en Colombia, según lo expresado por ellas mismas en el Foro "Mujeres Indígenas y sus Voces de Resistencia" en Bogotá, Colombia, el 27 de Septiembre del corriente año. El Foro puso en evidencia la situación de estas mujeres que sufren incesantemente de los golpes de la violencia del conflicto, así como de la discriminación y del racismo que saturan a toda la sociedad colombiana. Pero también, puso en evidencia su fuerza y su voluntad de lograr cambios mediante su propia lucha, movilización y organización. Ellas saben que son ellas mismas quienes han de conquistar sus derechos y saben que estos no les van a caer solos del cielo.
El siguiente es un artículo sobre la situación de la mujer indígena en Colombia, según lo expresado por ellas mismas en el Foro "Mujeres Indígenas y sus Voces de Resistencia" en Bogotá, Colombia, el 27 de Septiembre del corriente año. El Foro puso en evidencia la situación de estas mujeres que sufren incesantemente de los golpes de la violencia del conflicto, así como de la discriminación y del racismo que saturan a toda la sociedad colombiana. Pero también, puso en evidencia su fuerza y su voluntad de lograr cambios mediante su propia lucha, movilización y organización. Ellas saben que son ellas mismas quienes han de conquistar sus derechos y saben que estos no les van a caer solos del cielo.
LAS MUJERES INDíGENAS DE COLOMBIA SE ENCUENTRAN EN EL FORO “MUJERES INDíGENAS Y SUS VOCES DE RESISTENCIA”“SIN TETAS NO HAY GOZADERA”América Latina es un crisol donde múltiples formas de opresión se superponen unas con otras, y donde todos, o casi todos, pueden ser objeto de discriminación. Casi nadie se salva. Pero sin lugar a dudas son las mujeres quienes se llevan la peor parte. No sólo por las formas más obvias de maltrato físico a que están sujetas, sino que además por las más sutiles y naturalizadas formas de discriminación cotidianas. Esta discriminación se cuela por todos los rincones de la vida diaria, inunda todos sus aspectos. Una de las formas que asume, es la presión por ser “bella”, como algo que se pone, que se quita, que se compra, para parecerse a tal o cual modelo de los medios como pre condición para ser amada. En Colombia, tal presión, que es ubicua en toda nuestra América Morena, llega al paroxismo. Es intolerable. Recuerdo en mi viaje de Bogotá a Cali, que la radio Olímpica estaba realizando un concurso llamado “Sin tetas no hay gozadera”, en que el premio era ¡un implante de senos! Digno de “Aunque usted no lo crea”. El locutor, que era un pesado y un cansón, no se cansaba de repetir una y otra vez el lema del concurso, añadiendo él mismo otras linduras como “ya saben chicas, ustedes ponen las tetas y nosotros ¡la silicona!”. Pocas veces en mi vida, he pedido en un bus que cambien la estación de radio. Lo que me sorprendió, es que yo fui quien tuve que pararme al chofer que tal concurso no sólo me parecía chabacano y de pésimo gusto: además lo encontraba altamente ofensivo para las mujeres. Eso de reducirlas a un par de tetas, o reducir al tamaño de éstas el placer, la “gozadera”, me parece horrible. Las mujeres que iban en el bus, conservaron un silencio sepulcral. Pero a su manera estaban hablando muy fuertemente. Más fuerte que el idiota del locutor y más fuerte que las chicas, pobrecitas ellas, que llamaban ilusionadas de poder incrementar su autoestima con un poco de silicona (el año 2005 en Colombia se registraron unos 230.000 implantes de senos). Su silencio me decía, a gritos, que estaban acostumbradas a ese trato, que es natural que se crea que para eso están ellas y punto. Es precisamente ese trato una de las más poderosas armas para mantener a las mujeres en la sumisión: así se les mantiene la autoestima baja, se las tiene a raya que nunca las van a querer o que a cualquier hombre, aunque éste sea una porquería, lo tienen que cuidar y obedecer a toda costa. Así, finalmente, la mujer se ve despojada de todo: de un salario digno, de igualdad ante el hombre, de derechos iguales en el hogar, de derechos sobre SU aparato reproductivo, hasta de su derecho a ser bella. Una mujer acomplejada e insegura es más fácil de dominar y de reproducir el orden patriarcal de nuestra sociedad. Entonces, hay que estar siempre alimentándoles las inseguridades, y los medios de comunicación se transforman en gigantescas máquinas para este fin: todo está diseñado para hacerlas sentir feas. Porque la belleza va muy de la mano con el irritante racismo latinoamericano, heredado de épocas coloniales y alimentado por los regímenes republicanos. Mientras más europea, más linda una mujer. Mientras más india, menos deseable. Así, los supermercados ven la tintura rubia vaciarse de los estantes y las mujeres de la élite, inmacualdamente blancas (al menos de piel, no se sabe la conciencia) o a lo más, bronceaditas, marcan la pauta de la belleza desde la televisión. Todas con su rellenito sintético para hacerlas aún más deseables. Esta es la pesada carga que deben soportar las mujeres colombianas sobre sus hombros. Por eso el silencio de mis compañeras de viaje me pareció tan revelador. Porque uno deja seguir la cadena lógica del pensamiento... ¿Y cuántos silencios más hay? ¿Hasta dónde llega lo que se acepta normalmente como “natural”? ¿Cuál es el punto en el que se habla, en el que se grita? Esta discriminación, esta “violencia de baja intensidad”, por lo general, es pálido reflejo de situaciones mucho más odiosas que ocurren tras bambalinas. EPUR SI MUOVEPero no se crea que todas las mujeres guardan silencio en Colombia. Aquellas más alejadas de los patrones europeizantes que se machacan incesantemente desde los medios, las mujeres indígenas, se han reunido recientemente para alzar juntamente su voz, como mujeres, y como indígenas. Desde su doble opresión, de vivir a diario todo lo que cualquier otra mujer en Colombia vive, en cuanto mujer, y desde la discriminación a la que son sometidos los pueblos indígenas. Si ser mujer en Colombia puede ser duro, ser mujer india lo es diez veces más. Y más duro aún, desde la situación particular que les toca vivir en el concierto colombiano, como mujeres provenientes de áreas donde recrudece el conflicto que azota a ese país, con altos y bajos, desde 1948. Son estas mujeres quienes se reunieron, con bombos y platillos, en el hotel Bacatá, en pleno centro de Bogotá, el 27 de septiembre. Para hablar fuerte de esos muchos silencios que al día se viven. Sin miedo. Hubo mujeres que vinieron de diferentes comunidades, repartidas por más de 20 departamentos distintos. Se dieron la mano mujeres guambianas, nasa, awás, kankuamas, wiwas, paez, emberas, wayúus, etc. De muchos y muy diversos pueblos, animadas por el mismo fin de decir “¡Basta!” Quien fue una de las primeras en hablar, fue la presidenta de la asociación de mujeres indígenas de Canadá, quien nos puso al tanto de la situación de violencia y opresión que padecen las mujeres originarias en este país. No pude sino sorprenderme, porque jamás habría esperado tanta barbarie en un país diz que primer mundista. En los últimos 20 años, 500 mujeres indias[1] de Canadá han sido asesinadas, en su mayoría en la migración de los territorios a la ciudad. Por lo general, en esta migración, estas mujeres terminan desprotegidas, en barrios marginales, muchas veces sin más recurso que el trabajo en el comercio sexual. Su asesinato, no logra despertar mayores reacciones de la opinión pública. El dolor del indio y de la india americanos no parece tener frontera y parece ser una constante que, desde Alaska hasta el Extremo Sur del continente, les hermana por igual. Luego de ella, vinieron los testimonios de múltiples compañeras, representantes de diversas comunidades, casi todas en medio del huracán del conflicto. Las dos palabras que más se repetían eran discriminación y violencia. Discriminación, porque las mujeres indias han estado las más de las veces, en una grave desventaja si desconocen, o conocen tan sólo a medias, el idioma castellano; porque sus saberes tradicionales en cuanto a educación y cuidado de los niños son absolutamente mirados en menos por parte de las autoridades; porque a las mujeres les ha tocado sufrir con mayor rigor la desigualdad social, siendo ellas y los niños las víctimas sobre las cuales se ensañan enfermedades como la desnutrición, el paludismo y la tuberculosis (en esto, hay que recordar que la mayoría de los pobres del mundo, son mujeres y niños), lo cual no es un hecho fortuito, sino fruto de políticas nacionales que agravan las desigualdades y ensanchan la brecha entre ricos y pobres; porque a su doble condición de opresión, en cuanto indias y mujeres, se suma en miles de casos, la condición de desplazada, que hace a estas mujeres aún más vulnerables, y casi en la totalidad de los casos, la condición de pobre; porque muchas mujeres han quedado viudas a causa de la violencia y tienen que hacerse cargo de los niños sin que nadie les tienda una mano; porque llegan a la ciudad las más de las veces en condiciones sumamente vulnerables, a trabajar de rebuscadoras, en lo que sea, de ambulantes, de empleadas; porque al ser indias, no se corresponden con el modelo de belleza idealizado desde la sociedad europeizante y deben cargar mucho más pesadamente con toda la maraña de prejuicios y complejos que he descrito anteriormente. LA VIOLENCIA EN TIEMPOS DE “SEGURIDAD DEMOCRATICA”Lo más grave de todo lo que nos tocó escuchar, fue la sistemática utilización del cuerpo de las mujeres como botín de guerra y como extensión del campo de batalla por parte de los actores armados, pero principalmente, por parte del Ejército y de los paramilitares. Como botín de guerra, pues se creen con el derecho a utilizar a las mujeres del área donde tienen mayor influencia. Y como extensión del campo de batalla, se contó como frecuentemente el cuerpo de las mujeres se utiliza como una manera de “castigar” al bando contrario, sea a través de las compañeras, sea a través de las hijas, de las hermanas o de las madres. Se cree a las mujeres como “propiedad” del hombre. Recientemente, el 19 de agosto, en Toribio (Cauca) una chica había sido abusada y asesinada por la FARC-EP por ser novia de un policía. Prácticas como estas ocurren, aunque la insurgencia, en ocasiones, castigue a los perpetradores en sus filas. Acusaciones aún más graves señalan que para los paramilitares, el castigo (abuso sexual) a través de las mujeres, es una práctica rutinaria y que no recibe ninguna clase de sanciones. Antes bien, es estimulada por los mandos. En ciertos casos, se han llevado a adolescentes como esclavas a vivir con ellos. Como broche de oro, los paramilitares han comenzado a invertir en el negocio de la prostitución, luego de su “desmovilización” en febrero de este año. Vale la pena aclarar, que lejos de desmovilizarse, las estructuras del paramilitarismo (AUC) siguen operando, a veces bajo nombres diferentes, y hasta han incrementado su control y el número de sus ataques y violaciones a indios, campesinos y trabajadores. De igual manera, los efectivos de la fuerza pública reciben de sus superiores la “vista gorda” ante los abusos sexuales, como si estas fueran, sencillamente, “cosas que pasan en la guerra”. Se denunció la presión sexual que realizan efectivos militares hacia las chicas, incluso menores de 14 años. A veces las fuerzan, a veces las chantajean, a veces las prostituyen jugando con las necesidades económicas. Ante las acciones de estos pederastas uniformados, la respuesta de las autoridades, frecuentemente, ha sido afirmar que “no es delito que las chicas se enamoren de las tropas”. Lo grave de todo esto es que se calcula que en las FFAA colombianas hay 1.000 soldados infectados con el virus del SIDA, que están esparciendo esta enfermedad en las comunidades mediante el abuso a las jóvenes. En la Sierra Nevada de Santa Marta ya se han registrado casos de VIH/SIDA de la mano de la fuerte militarización de la zona. Cabe destacar que la respuesta del gobierno de Uribe a las denuncias de las organizaciones indígenas ha sido típica del cinismo que ha caracterizado a su gobierno en el tratamiento de cuestiones de derechos humanos. En marzo del 2006, la vicepresidencia emite las siguientes declaraciones: “Es particularmente preocupante la acusación que se hace al Ejército, originada en denuncias no corroboradas por la Oficina, sobre violencia sexual contra mujeres, especialmente de manera grupal y de ascendencia indígena. Esta denuncia fue hecha de manera pública e irresponsable por un dirigente indígena que se refería a casi un centenar de mujeres violadas por el Ejército, pero nunca ratificada ante la Fiscalía u otro ente investigador. En su momento, (…) (se) solicitó información precisa que señalara casos, unidades o lugares concretos que pudieran conducir a una investigación, pero la información nunca llegó; sin embargo, estas declaraciones no ratificadas recibieron total crédito de la Oficina del Alto Comisionado (de la ONU para Derechos Humanos) y ahora serán difundidas ante todos los países del mundo, causando un daño irreparable a la imagen del Ejército (…)”[2]. Las organizaciones indígenas, han hecho notar el cinismo de esta “defensa”, ya que es bien conocido el hecho de que la mayor parte de los abusos sexuales no son denunciados por las mujeres, lo cual no significa que no existan. Muchas veces, la presión de la comunidad, el miedo al rechazo, el trauma, impiden a las mujeres denunciar formalmente esta clase de situaciones. Situaciones que, además, producidas a manos de representantes del Estado, generan una desconfianza plenamente justificada en las instituciones. Desconfianza que es corroborada cuando se nos dice que, en caso de denunciar, la mayoría de las veces los funcionarios no creen, o ponen en duda a priori a las mujeres o niñas indígenas –no se diga, entonces, que esta información no ha sido hecha llegar. O que no se han intentado, al menos, hacerla llegar. Es, ciertamente, un patrón en los conflictos armados de todas las latitudes, que el grupo humano que lo sufre con más rigor, son las mujeres. Pues les toca sufrir igual que a los hombres, pero encima, se les reserva especialmente para ellas, los martirios sexuales a gran escala (cierto es que la violación y la humillación a hombres son también un recurso de guerra, como lo demuestran recientemente los abusos de Abu Ghraib en Irak, por parte de las tropas de EEUU. Sin embargo, la escala de ocurrencia de esta clase de abuso hacia mujeres en infinitas veces mayor). Estos martirios sexuales, no sólo se aplican en “castigo” a los varones: también la violación es una práctica frecuente para amedrentar a líderes sociales y políticas, a mujeres que asumen roles de dirigencia social. En este caso, el “castigo” se les aplica directamente a ellas y no como “recadito” para nadie… Las mujeres también, junto a los varones, han sufrido de las detenciones masivas en estos últimos años, que han sido realizadas dentro del plan de “Seguridad Democrática” de Uribe, que se ha traducido en un castigo colectivo e indiscriminado a la población civil. Mención especial dentro de estas acciones punitivas indiscriminadas del gobierno, merecen los arrestos masivos de wiwas y kankuamos en Valledupar (2004), o el de guambianos y nasa en el Cauca (mayo, 2006). Pero en el caso de las mujeres, también las detenciones han sido, frecuentemente, selectivas y de la mano de la visión patriarcal de la mujer como “propiedad” del hombre: muchas mujeres han sido arrestadas por ser familiares o compañeras de alguien requerido por la ley. Aquí la violencia, se combina perfectamente con la discriminación. Un hecho curioso, por decirlo de alguna manera, de discriminación, que nos tocó escuchar durante la conferencia, fue que muchas veces, incluso, ciertas guerrilleras son acusadas por su relación con hombres guerrilleros, como si no hubiesen tenido la capacidad de unirse de voluntad propia o de tener ellas mismas sus propias opiniones políticas. Además, las mujeres han sufrido, junto con los hombres, de todos los aspectos funestos del conflicto por el que hoy atraviesa el país (señalamientos, amenazas, extorsiones, desplazamientos) así como de la política del gobierno de privilegiar el acceso irregulado de las trasnacionales a cualquier rincón del país, a cualquier costo social. Recordemos que grandes megaproyectos (hidroeléctricas, parques eólicos, etc.) amenazan con desplazar a grandes cantidades de indígenas, hombres, mujeres, niños, ancianos, cosa que ha sido, incansablemente, denunciada por las organizaciones populares colombianas y, particularmente, por la ONIC, Organización Nacional de Indígenas de Colombia. También, por último, se violenta a la mujer en el plano de sus derechos reproductivos, con un control de la natalidad de marcado tono racista: una representante de la Amazonía, denunciaba la esterilización involuntaria o desinformada en las comunidades. Muchas veces, decía, se informaba a medias, o se engañaba a las mujeres indias diciendo que tal intervención tendría tan sólo efectos temporales. Yo no dejaba de sorprenderme con el paralelo a la política desarrollada por Fujimori en Perú durante su régimen, en que miles de mujeres aymaras fueron esterilizadas con igual clase de engaños, o incluso, a la fuerza. La mujer india enfrenta, lamentablemente, las mismas prácticas deplorables en casi todas las latitudes de nuestro continente. LEVANTANDO CABEZA PARA ECHARLE PALANTELuego de pasados los informes y la lectura de las declaraciones, se procedió a leer los resultados del Encuentro. En estos resultados se escucha el clamor de ese millón y medio de mujeres que componen uno de los sectores más oprimidos, indudablemente, de la sociedad colombiana. En estas conclusiones se expresan la esperanza y la voluntad de cambio de estas mujeres que se niegan a la indiferencia, a la sumisión, a una fácil aceptación de su “destino” o al rol de pasivas víctimas. Las conclusiones a las que se llegaron las expondremos a cabalidad, según su propia redacción, pues creemos de gran importancia dar a conocer este documento: “En consecuencia, las mujeres indígenas estamos reclamando: 1. La inmediata desmilitarización de nuestros territorios y la salida de todos los grupos armados, así como el desmantelamiento de las estructuras paramilitares que siguen operando en territorios indígenas, a pesar del discurso oficial de una pacificación del país. 2. La investigación, castigo y encarcelamiento de los perpetradores de violaciones de derechos humanos, en especial a quienes han atacado a la niñez y las mujeres indígenas. 3. El establecimiento de programas de atención a las mujeres y niñas que han sido agredidas sexualmente y con otras formas de violencia, que proporcionen una reparación integral, comenzando por el respeto a nuestras autoridades, gobierno y formas tradicionales de vida. 4. La puesta en marcha de medidas reales de implementación de las recomendaciones de órganos judiciales y de entidades internacionales de Derechos Humanos, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. 5. El retorno de las comunidades indígenas desplazadas con todas las garantías de seguridad y dignidad, porque en el territorio es donde se puede pervivir. 6. La devolución de todas las niñas, niños y jóvenes que han sido reclutados por las organizaciones guerrilleras, paramilitares y cesar su utilización por parte de las unidades de la Fuerza Pública. 7. El establecimiento de programas para terminar con las minas antipersonal que han sido sembradas en todo el territorio, así como el desmantelamiento de artefactos explosivos, trincheras y barricadas que han quedado abandonados luego de combates en zonas urbanas y rurales o han sido colocadas por la Fuerza Pública en su lucha contrainsurgente. 8. El cese inmediato de las fumigaciones con químicos a cultivos de uso ilícito y de alimentos que hacen parte de las políticas antidrogas, porque causan daños en la salud, en la naturaleza y son factor de desplazamiento. 9. La implementación de programas y políticas publicas reales de formación, educación atención especializada para las mujeres indígenas, que permitan el ejercicio de sus derechos. 10. La atención y acompañamiento de organizaciones internacionales y nacionales dirigidas a resolver los problemas de las mujeres indígenas, dentro de los Planes de Vida, respetando y promoviendo los principios de consulta previa y fortaleciendo las organizaciones propias de los pueblos indígenas.” Esperamos que este encuentro sea un momento que fructifique en cambios, en transformaciones tan requeridas por la sociedad colombiana, y en especial por sus mujeres –y en especial, por la mujer india. Con esas manos que tejen, con esas manos que trabajan, con esas manos que luchan, han de convertirse en parteras de su destino. La voluntad está, la organización también. La decisión y la lucha igual. Hay que seguir, seguir y seguir, que la victoria es de quienes perseveran. ¡Salud a las mujeres indígenas de Colombia! |
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