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bolivia / peru / ecuador / chile / miscellaneous / comunicado de prensa Wednesday March 11, 2020 17:32 byFAO

Se cumplen dos años de mandato del Presidente Piñera bajo un gobierno de derecha adjunto a políticas neoliberales, el cual ha respondido a falta de gestión política a las demandas sociales y al levantamiento popular con medidas represivas: ley anti saqueos, ley de resguardo de infraestructura crítica, ley anti encapuchados, ley anti barricadas, toques de queda, estado de emergencia, efectuando declaraciones haciendo alusión a un contexto de “guerra”, etcétera, leyes que buscan juzgar a través de la justicia burguesa los mecanismos de lucha de los/las trabajadores/as, de la juventud popular y que busca reprimir/criminalizar la protesta popular.

Respecto a la convocatoria de la “mesa de Unidad Social de Santiago” a los once minutos de paro nacional, nos parece un CHISTE.

Comunicado público

11 de marzo, 2020.

Hoy miércoles 11 de marzo de 2020 se cumplen dos años de mandato del Presidente Sebastián Piñera Echenique bajo un gobierno de derecha adjunto a políticas neoliberales, el cual ha respondido a falta de gestión política a las demandas sociales y al levantamiento popular con medidas represivas: ley anti saqueos, ley de resguardo de infraestructura crítica, ley anti encapuchados, ley anti barricadas, toques de queda, estado de emergencia, efectuando declaraciones haciendo alusión a un contexto de “guerra”, etcétera, leyes que buscan juzgar a través de la justicia burguesa los mecanismos de lucha de los/las trabajadores/as, de la juventud popular y que busca reprimir/criminalizar la protesta popular.

Además, cabe destacar la insuficiencia de medidas que ha tomado el gobierno en su agenda social, que incluyen: pensiones, salud y medicamentos, ingreso mínimo, disminución de tarifas eléctricas, impuestos para los sectores de mayores ingresos, reducción de la dieta parlamentaria, plan de reconstrucción y el plebiscito del veintiséis de abril. Al fin y al cabo estas medidas continúan replicando la lógica neoliberal y de mercado en consecución de un pacto que busque la paz social y la institucionalización del levantamiento popular, proceso que no es ajeno a los partidos políticos oportunistas que buscan sacar provecho para las elecciones municipales con fines electorales ante la hostilidad hacia los partidos institucionales burgueses.

Respecto a la convocatoria de la “mesa de Unidad Social de Santiago” a los once minutos de paro nacional, nos parece un CHISTE de mal gusto aislarse de la realidad social y de las transformaciones profundas que las organizaciones sociales tienen que desarrollar ante la coyuntura nacional, donde la criminalización de la protesta popular tiene a muchos menores de edad, jóvenes y adultos en prisión preventiva en diversas cárceles del país. ¿Bastan once minutos para develar aquello?, ¿bastan once minutos para protestar por las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos?.

Motivos de sobra son los cuales nos hacen manifestarnos como pueblo organizado en cada territorio, comuna, provincia, región, el tiempo que sea necesario, demostrando que el Pueblo de Chile está más unido que nunca contra las injusticias, los abusos, el oportunismo electoral, la desigualdad que acarrea el modelo económico neoliberal que predomina en el país y las violaciones sistemáticas en manos de agentes del Estado a los Derechos Humanos (Carabineros de Chile, Policía de Investigaciones y Fuerzas Armadas), además de un sinfín de atropellos a la dignidad del pueblo.

Como Frente Anarquista Organizado [FAO] hacemos un llamado a no soltar las calles y a seguir luchando por la recuperación de los derechos sociales y servicios básicos saqueados y privatizados a costa de terror, sangre y fuego en dictadura y prevalecidos por el actual gobierno.

¡POR LA DIGNIDAD DE LA CLASE TRABAJADORA! ¡UNIÓN, ACCIÓN, AUTOGESTIÓN!.
¡FUERA PIÑERA Y SU GOBIERNO DEL 6%!
¡LIBERTAD A L@S PRES@S DEL LEVANTAMIENTO POPULAR!
¡HACIA LA HUELGA GENERAL!
¡DEL LEVANTAMIENTO POPULAR A LA AUTOGESTIÓN SOCIAL!
¡CON O SIN CONSTITUYENTE, A NO SOLTAR LAS CALLES POR NUESTRA GENTE!

bolivia / peru / ecuador / chile / género / comunicado de prensa Tuesday March 10, 2020 03:40 byFAO

Este 8 de marzo no hay nada que celebrar, es un año más de conmemoración de las compañeras y trabajadoras textiles caídas por reivindicar mejoras salariales, mejoras en materia de salubridad y el fin al trabajo infantil. Demandas justas y legítimas, las cuales no fueron escuchadas y el desenlace fue trágico

Compañer@s:

Este 8 de marzo no hay nada que celebrar, es un año más de conmemoración de las compañeras y trabajadoras textiles caídas por reivindicar mejoras salariales, mejoras en materia de salubridad y el fin al trabajo infantil. Demandas justas y legítimas, las cuales no fueron escuchadas y el desenlace fue trágico. Hoy 163 años más tarde la mujer trabajadora sigue haciendo frente a las desigualdades del capitalismo y de la sociedad heteropatriarcal, reivindicando su posición y su rol en la lucha de clases. Realidades como el femicidio, la desigualdad salarial, las malas condiciones laborales, la obstaculización legal y penalización de un aborto libre, seguro y gratuito, sin olvidar la violencia obstétrica, el acoso laboral y sexual, las violaciones y un sinfín de manifestaciones de violencia por parte de la sociedad y el Estado nos invitan a ser parte de la lucha donde el mejor ejemplo de acción es continuar adelante contra toda forma de patriarcado.

Luchadoras sociales como Flora Sanhueza, María del tránsito Caballero, Claudia López, Macarena Valdés y otras tantas mujeres que han sido protagonistas y han aportado a distintos frentes de lucha, no son olvidadas y son recordadas con el ejemplo, a las mujeres y disidencias sexuales que han salido a las calles este 8 de marzo a manifestarse, a recordar a compañeras y denunciar la violencia machista, lesbófoba, etc., poniendo en jaque al gobierno neoliberal de Sebastián Piñera y los cimientos patriarcales del orden predominante, mandamos nuestro apoyo y saludo fraterno: ¡y a seguir adelante en esta lucha con fuerza de mujer trabajadora! ¡A LA HUELGA FEMINISTA EFECTIVA!.

FRENTE ANARQUISTA ORGANIZADO-FAO

Región de Valparaíso 8 de marzo 2020.

bolivia / peru / ecuador / chile / community struggles / opinión / análisis Wednesday March 04, 2020 22:09 byPablo Abufom

Entre octubre del 2019 y abril del 2020 se está jugando un cambio en el terreno y la dinámica de la lucha de clases en Chile. Entre el 18 de octubre y el 26 de abril, habremos visto desplegarse casi plenamente al conjunto de las fuerzas sociales y políticas, en busca de construir y conquistar mayorías para sus respectivos proyectos, desde la defensa de la Constitución de 1980 a través del terrorismo de Estado por parte de la derecha gobernante hasta defensas moderadas sobre los logros del «modelo» por parte de la ex Concertación; desde la posible recuperación de la iniciativa política de los sectores populares a través de la nueva Huelga General Feminista convocada por la Coordinadora Feminista 8M hasta la posibilidad de una Asamblea Popular Constituyente levantada por la Coordinadora de Asambleas Territoriales y otras organizaciones sociales que prepare y desborde el proceso constitucional diseñado por los partidos que firmaron el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución; desde la insurrección de los sectores más precarizados del país hasta nuevas formas de democracia directa en los barrios. En estos seis meses, Chile simplemente habrá cambiado para siempre.


Balance transitorio de la revuelta contra la precarización de la vida

Entre octubre del 2019 y abril del 2020 se está jugando un cambio en el terreno y la dinámica de la lucha de clases en Chile. Entre el 18 de octubre y el 26 de abril, habremos visto desplegarse casi plenamente al conjunto de las fuerzas sociales y políticas, en busca de construir y conquistar mayorías para sus respectivos proyectos, desde la defensa de la Constitución de 1980 a través del terrorismo de Estado por parte de la derecha gobernante hasta defensas moderadas sobre los logros del «modelo» por parte de la ex Concertación; desde la posible recuperación de la iniciativa política de los sectores populares a través de la nueva Huelga General Feminista convocada por la Coordinadora Feminista 8M hasta la posibilidad de una Asamblea Popular Constituyente levantada por la Coordinadora de Asambleas Territoriales y otras organizaciones sociales que prepare y desborde el proceso constitucional diseñado por los partidos que firmaron el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución; desde la insurrección de los sectores más precarizados del país hasta nuevas formas de democracia directa en los barrios. En estos seis meses, Chile simplemente habrá cambiado para siempre.

El 2020 estará marcado por una coyuntura constituyente para un pueblo todavía falto de fuerza y proyecto, y constitucional para los partidos comprometidos con el orden que nos llevó a la crisis. Para estos últimos se juega garantizar la estabilidad del régimen mediante una nueva redacción de la misma Constitución, mientras que para el pueblo está abierta la oportunidad para articular por fin una fuerza y una alternativa de sociedad que constituya las bases de una ofensiva contra el régimen político-social que gobierna Chile desde 1973.

En este texto me propongo hacer un balance de este tránsito crítico, sabiendo que estamos al borde de una nueva apertura de la situación política nacional debido al esperado (y temido) retorno de un nuevo estallido de protestas masivas y transversales a nivel nacional en marzo. Quizá sea el último momento en varios meses más en que sea posible detenerse, evaluar y proyectar las tareas que demandan los nuevos escenarios.

El verdadero estado de emergencia son nuestras condiciones de vida

A comienzos del mes de noviembre del 2019, reunidos en una plaza en el centro de Santiago, donde hace semanas había comenzado a funcionar la Asamblea Autoconvocada del barrio, mi vecino Miguel levantaba entusiasta su puño izquierdo y gritaba junto a más de cien personas “¡el pueblo unido, jamás será vencido!”. Mi vecino es un veterano de la lucha contra la dictadura, y llevábamos varias semanas trabajando en organizar nuestro barrio en el contexto de una ola de protestas masivas que ha sacudido el país desde el 18 de octubre del 2019. El así llamado “estallido social” había comenzado esa semana en las estaciones del tren subterráneo de Santiago, el Metro.

Cientos de estudiantes de secundaria protestaron contra el alza de 30 pesos en el pasaje organizando una campaña de evasión masiva cuya principal táctica fue saltar los torniquetes al son del grito “¡evadir, no pagar, otra forma de luchar!”. Con ese gesto, cristalizaban todo un programa de demandas y acciones que en pocas horas comenzaba a expresarse a través de manifestaciones en todo Chile, que iban desde espontáneas marchas multitudinarias en los centros urbanos hasta enfrentamientos con las fuerzas policiales enviadas a controlar el “orden público”, especialmente en estaciones de Metro, bancos, farmacias y supermercados, que con detallada precisión ideológica se convertían en blancos de saqueos y ataques incendiarios.

Saltar el torniquete era, al mismo tiempo, expresión de una demanda (gratuidad del transporte público) y reivindicación de una táctica (acción directa). Este sencillo, pero potente modo de conducirse en el medio de una crisis social fue una respuesta corriente por parte de los pueblos de Chile en los meses siguientes. Comunidades rurales que liberaron cauces de ríos secuestrados por terratenientes. Barrios completos que crearon asambleas para organizar la defensa contra la represión, el abastecimiento ante el alza de precios y la discusión sobre los cambios necesarios para una vida digna. Millones de mujeres en todos los territorios reclamando el espacio público para denunciar la violencia patriarcal cuya máxima expresión es un Estado que viola a través de sus políticas públicas tanto como a través de sus agentes represores, y con ello desplazando de facto la ocupación policial-militar impuesta por el gobierno como respuesta a la crisis.

El 18 de octubre reveló que en Chile se forjaban nuevas subjetividades populares que estaban a la espera de una explosión rebelde para expresarse públicamente. Las consignas que cubrieron el imaginario colectivo son muy significativas en este sentido. “No son 30 pesos, son 30 años” es la primera que apuntó el carácter de la crisis, que iba mucho más allá del alza del pasaje y se arraigaba en 30 años de administración democrática neoliberal (luego de 17 años de dictadura cívico-militar). “Chile despertó” daba cuenta de un cambio subjetivo total. No es que en Chile no supiéramos lo mal que se vive. Es que repentinamente esa mala vida dejó de enfrentarse con resignación y desesperanza. Chile despertó quiere decir los pueblos de Chile se reencontraron con la esperanza de que las cosas pueden cambiar. Finalmente, vuelve a aparecer una consigna polivalente que las feministas masificaron en dictadura: NO +. Se trata de la expresión concentrada del hartazgo anti-dictatorial que se extiende a las nuevas formas de la dictadura del capital. Contra la violencia patriarcal y las pensiones indignas, contra la privatización de las aguas y las violaciones a los DDHH, el NO+ cubre las paredes acompañado de todas las formas de la opresión con las que se busca acabar. Y como si fuera poco, las feministas dicen “NO+ porque SOMOS+”.

Esta es la primera característica del “estallido social” de octubre en Chile: se trata de una protesta masiva contra las condiciones de vida, cuya chispa fue el alza del precio del transporte público, pero que abrió el cauce de una fuerza social contenida que ha impugnado el régimen político-social en su conjunto. Es un movimiento plurinacional, intergeneracional y compuesto mayoritariamente por trabajadoras y trabajadores empobrecidos por la crisis. Es una revuelta contra la precarización de la vida.

El momento represivo del giro autoritario de la democracia liberal en Chile

La respuesta del Estado fue brutal. Al gobierno del empresario derechista Sebastián Piñera le tomó unas pocas horas declarar un Estado de Emergencia que autorizaba a militares a ocupar las calles para controlar el orden público. “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso que no respeta nada ni nadie”, dijo Piñera la noche del 20 de octubre, apostando a criminalizar la protesta social y apelando a un supuesto electorado sediento de seguridad policial urbana. Estas declaraciones tuvieron un doble efecto. Por un lado, envalentonaron a las fuerzas armadas y de orden a reprimir con alevosía a las masas que no dejaban de manifestarse a pesar y en contra del toque de queda y la presencia de militares en las calles; y por otro, envalentonaron a un pueblo que había decidido que no se dejaría amedrentar más. El efecto neto de esta subida de la apuesta por parte del gobierno fue quedar expuesto a un progresivo debilitamiento de su capacidad de controlar el relato y el escenario. Haber utilizado la carta militar la primera noche de la revuelta fue su primer gran error.

La convicción con la que respondieron los sectores populares a la represión tuvo un costo alto. En una crueldad sin límites, los policías comenzaron a dirigir sus ataques con perdigones a los cuerpos y rostros de quienes se manifestaban. Esto tuvo como resultado que al día de hoy alrededor de 500 personas tengan daños oculares, incluyendo ceguera total en ambos ojos. El costo de haber despertado, parece decir el Estado, es perder los ojos. A lo anterior se suma una violación sistemática de DDHH a través de detenciones ilegales, torturas, mutilaciones, asesinatos, violaciones y otras formas de violencia político-sexual llevadas a cabo por agentes del Estado contra niños, niñas, jóvenes y personas adultas en todo Chile.1/ Otra de las tácticas represivas ocupadas por el Estado ha sido el uso de medidas cautelares como el arresto domiciliario o la prisión preventiva para miles de personas detenidas durante la revuelta. Lo anterior permite aseverar una vez más que en Chile hay prisioneros y prisioneras políticas.

La segunda característica general de esta crisis es que dejó totalmente expuesta, para las generaciones de la post-dictadura, el profundo compromiso de los partidos que han gobernado Chile desde 1990 con el régimen político-social neoliberal. Enfrentados a una crisis social causada por dicho compromiso, amenazada la estabilidad de la normalidad capitalista en Chile, la primera y principal respuesta fue desatar la violencia estatal de manera masiva. Pero la presencia militar en las calles se enfrentó con una juventud que no tuvo miedo.

Junto con ello, quedaba en evidencia algo que se venía anunciando desde hace algunos años: las democracias liberales están en medio de un giro autoritario que, ante una dificultad creciente para conducir al conjunto de la sociedad en crisis, las lleva a gobernar por decretos y vías administrativas, y a utilizar cada vez más el terrorismo de Estado como modo de tramitar conflictos sociales y políticos. A través del Estado de Emergencia y de posteriores iniciativas legislativas sobre control público, el gobierno derechista de Chile simplemente aprovechó la oportunidad para acelerar y darle legitimidad institucional a ese proceso.

Continuidades y rupturas

La sensación generalizada, para los distintos bandos que se fueron configurando al calor de la revuelta, tanto en los sectores populares como en los partidos de gobierno y oposición, fue que algo había cambiado sustancialmente durante ese octubre caliente. Pero no se trataba de la aparición de algo nuevo, sino de la revelación de algo ya presente. Se trataba de que una profunda crisis social del modo de vida en Chile hacía estallar una aguda crisis política en toda la superficie institucional. Se trataba de un momento en el que era posible encontrar las continuidades entre pre-octubre y post-octubre solo si se ponía mucha atención a las rupturas.

Demandas: de los derechos sociales a la Asamblea Constituyente

A lo largo de la lenta recomposición de las organizaciones de la clase trabajadora durante la post-dictadura, fueron emergiendo un conjunto de demandas sociales que daban cuenta de las contradicciones del “modelo chileno”: fin al lucro en el sistema educativo, nuevo sistema de pensiones basado en el reparto solidario y no el ahorro individual forzoso, vivienda social digna, autonomía política y territorial para los pueblos indígenas, aborto legal, un código laboral que garantice el derecho a huelga y la negociación por rama, un sistema único de salud financiado públicamente, entre otras. Era posible detectar en estas demandas un hilo conductor en lo que llegó a llamarse “derechos sociales”, aquellos aspectos de la reproducción de la vida de cualquier persona que debiesen asegurarse pero que no son garantizados por el Estado chileno.

Estas demandas formuladas a lo largo de décadas por diversos movimientos sociales, partidos y sindicatos ocuparon rápidamente la opinión pública en los primeros días de la revuelta de octubre. Pero comenzaba a fraguarse un salto en el registro de las demandas. Un fuerte énfasis en las pensiones y la salud, dimensiones centrales de la crisis de reproducción social que experimenta Chile, dio paso a una consigna que permitía englobar la cuestión de los derechos sociales en una demanda política única: Asamblea Constituyente. En términos programáticos, es allí donde encontramos el mayor salto en la conciencia política de la clase trabajadora en Chile como resultado de la revuelta de octubre. Los riesgos de una reducción de las aspiraciones a un cambio constitucional hecho por expertos están muy presentes, pero la Asamblea Constituyente aparece hoy como una demanda progresiva en la medida en que identifica la fuente del problema en una dimensión estructural y global, que requiere mucho más que ajustes de política pública o leyes específicas.

La única formulación comparable a este encuadre político de las demandas es el ejercicio de desarrollo de programa que ha hecho el movimiento feminista en los últimos dos años. El primer Encuentro Plurinacional de Las que Luchan (EPLL, diciembre 2018, 1500 participantes), emanó una primera aproximación al Programa de la Huelga que se agitó en la Huelga General Feminista del 8 de marzo del 2019, que busca plantear de manera articulada y no por separado el conjunto de las demandas populares, de modo tal que el feminismo aparece como un hilo conductor de demandas transversales y con ello como proyecto emancipador global, no solo como un punto del pliego de demandas o un mero sector particular de la clase trabajadora. 2/ Este año, la participación en el EPLL se duplicó y junto con un plan de lucha para el 2020, se trabajaron 16 ejes programáticos que van desde educación no sexista y derecho a la ciudad hasta antirracismo y seguridad social. 3/

Actores: la nueva clase trabajadora plurinacional

El fuego social que ha recorrido Chile de manera ininterrumpida desde octubre del 2019 ha visibilizado las nuevas subjetividades la clase trabajadora de Chile. Esta revuelta tiene un carácter fuertemente intergeneracional, plurinacional y feminista, puesto que es una expresión de las resistencias de una clase trabajadora altamente precarizada, fragmentada, cuya diversidad interna en términos de género, raza y nación se entrecruza con la segregación urbana y la multiplicidad de expresiones ideológicas que han ido encontrando su lugar en el mapa de los sectores populares.

Además de esta compleja composición de clase, la revuelta ha tenido una fuerte diferenciación interna que permitió expandir su alcance. En torno a las masivas movilizaciones se fue conformando un anillo de auto-defensa que fue bautizado como “primera línea”. Esta línea de defensa contra la represión ha alcanzado una existencia material preponderante en todos los centros urbanos y una existencia simbólica casi mitológica en el imaginario de la revuelta. Compuesta por una diversidad de sujetos, desde adolescentes marginales hasta trabajadoras de oficina, la primera línea representa la principal innovación político-militar de esta revuelta y es imaginable que ya no haya vuelta atrás.

Además de las manifestaciones masivas y las dinámicas de auto-defensa, surgieron en los primeros días de la revuelta formas de auto-organización de carácter territorial. Se llamaron asambleas y cabildos, y se organizaron para resistir la represión, organizar las manifestaciones y discutir los contornos de este nuevo Chile que veíamos nacer al ritmo de nuestros cacerolazos, gritos y barricadas.4/

Uno de los principales rasgos de estas instancias territoriales es que reúnen a una diversidad de expresiones sociales y políticas en espacios comunes de trabajo y deliberación colectiva, reclamando para sí el carácter de “autoconvocadas”, en señal de protesta contra la instrumentalización por parte los tradicionales partidos políticos de izquierda que son percibidos con profunda desconfianza. Muchos de sus participantes, como mi vecino Miguel, son ex militantes de partidos de izquierda. Aun reconociendo el rol histórico de los partidos, hoy se sienten llamados a construir una fuerza política desde los territorios, que no se vea tensionada por las negociaciones con los de arriba, sino que pueda desplegar toda su potencia auto-organizada en la protesta, la asamblea y la autogestión barrial.

El riesgo del localismo está presente en cualquier iniciativa con arraigo en un territorio particular. Pero en el caso de las asambleas, la coyuntura nacional las impulsó a vincularse casi desde el comienzo de la revuelta. En Santiago, desde fines de octubre comenzó a organizarse la Coordinadora de Asambleas Territoriales (CAT), una iniciativa que buscaba articular la diversidad de experiencias organizativas que estaban surgiendo en la Región Metropolitana. Al día de hoy, en la CAT participan más de 50 asambleas y el 18 de enero convocó a un Encuentro que reunió a 1.000 personas para discutir un plan de lucha para el año 2020. Actualmente se está levantando una coordinación nacional para organizar un Encuentro Nacional de Asambleas a fines de marzo.5/

Tácticas: la emergencia de la violencia democrática

El segundo día del “estallido”, conversando sobre las tácticas de la revuelta, una vecina me dijo “bueno, el pueblo retoma la lucha allí donde la dejó la última vez”. La belleza y potencia de esta imagen debe ser acompañada de una mirada a los saltos que vemos en esta revuelta. Una forma de vida en pleno proceso de transformación implica una forma de lucha transformada.

En los últimos 4 meses hemos asistido a la re-emergencia en Chile de una forma particular de violencia política de masas: la violencia democrática. Se trata de una validación práctica y simbólica de la violencia con fines políticos que se organiza en torno a la ruptura con la normalidad capitalista y la apertura de un periodo de desestabilización que en sí mismo no garantiza un nuevo orden social, aunque hace posible visualizarlo.

Se trata de una violencia democrática contra el terrorismo de Estado, lo que se fue verificando en cada barricada que desafiaba el toque de queda, en cada ocupación del espacio público que logró sacar a los militares de la calle (luego de casi 10 días de Estado de Emergencia), en cada marcha espontánea que ha reunido a vecinas y vecinos de un mismo barrio para continuar el debate político por otros medios.

Si uno no se deja convencer por el relato catastrofista de la prensa tradicional y los personeros de los partidos del orden, es posible percibir el carácter democrático de las formas de la revuelta: es colectiva y no individual, distribuye tareas sin jerarquías, tiene perfecta claridad de sus blancos y no ataca al mismo pueblo.

Finalmente, es una violencia democrática porque es la “primera línea” de un proceso que, en su conjunto, no puede alcanzar su programa sino es a través de una democracia popular y revolucionaria en Chile: popular, porque requiere ser protagonizada por las masas en sus diversas expresiones organizativas, y revolucionaria, porque necesita una transformación radical de las instituciones existentes para abrirle un espacio a los intereses de la nueva clase trabajadora plurinacional de Chile. Solo de ese modo es posible el programa “mínimo” de esta revuelta: verdad y castigo para los responsables políticos y criminales de las violaciones a los DDHH, transformaciones básicas en salud, salario, pensiones, educación, aborto y otros derechos sociales, y una Asamblea Constituyente libre y soberana, sin ataduras al Congreso o el Gobierno.

La forma más acabada de esta violencia democrática tuvo su antecedente en la Huelga General Feminista convocada por la Coordinadora Feminista 8M el 8 de marzo del 2019. Ese día representó el retorno a la escena de la táctica de la huelga general de un modo inédito: convocada por mujeres trabajadoras, empleadas con salario, precarias y trabajadoras sin remuneración, abrió la vía para una fuerte politización de amplios sectores feminizados de la clase trabajadora en torno a una táctica que se suponía restringida a los trabajadores sindicalizados.

Hipótesis estratégicas: el nuevo pacto social versus la profundización de la crisis política

La huelga general volvió a la palestra el 12 de noviembre del 2019, cuando se produjo una explosiva combinación de paralizaciones efectivas en el sector público y privado con cortes de ruta, manifestaciones y barricadas en todo Chile.6/ El 12N permitió revelar posiciones. El gobierno y sus partidos, habiendo agotado el posible factor sorpresa de la carta militar muy temprano, se vio obligado a negociar con los partidos de oposición. En 48 horas se propusieron sacar adelante un “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución” que permitiera, al mismo tiempo, cuadrar a las fuerzas políticas del establishment con la urgencia de restituir el orden público, y reducir la extensión de la crisis social y política al ámbito de la redacción de una nueva Constitución. La madrugada del viernes 15 de noviembre, a través de una transmisión digna de un reality show, se firmaba este Acuerdo que representaría el golpe de timón que devolvió la iniciativa política al gobierno y a un nuevo partido ampliado del orden que incluía a la coalición gobernante de derecha Chile Vamos, a los viejos partidos de la Concertación y el nuevo progresismo del Frente Amplio.7/

La decisión del Partido Comunista (junto a la franja izquierdista del Frente Amplio que pronto decidió abandonar la coalición) de no firmar dicho Acuerdo fue la garantía de que fracasara el intento de cerrar la coyuntura desde el flanco político-institucional. Las dirigencias sindicales del PC y de diversos movimientos sociales, así como el conjunto de las asambleas territoriales, salieron a rechazar el Acuerdo porque al mismo tiempo que criminalizaba la violencia democrática que era activamente reivindicada por ellas, reducía las posibilidades de una Asamblea Constituyente soberana a un proceso llamado Convención Constitucional hecho a la medida del régimen (no se pueden discutir los tratados de libre comercio) y de los partidos (con un quorum de 2/3 y un sistema de elección de representantes que excluye a mujeres, pueblos indígenas e independientes sin partido).

No cabe duda de que la oportunidad de redactar una nueva Constitución es resultado directo de la revuelta, y es algo a lo que el gobierno se había negado explícitamente poco tiempo antes. Desde ese día, y cada vez más, la disputa política nacional gira en torno al itinerario constitucional que establece el Acuerdo (y particularmente el Plebiscito del 26 de abril donde se podrá “aprobar” o “rechazar” la necesidad de una nueva Constitución). Pero con mirada de largo plazo, lo que ha hecho el Acuerdo es clarificar los bandos en torno al carácter y las potencialidades de la crisis.

Para los sectores de gobierno y sus co-legisladores en la Concertación y lo que quedó del Frente Amplio, esta crisis es una oportunidad para un “nuevo pacto social”. Este nuevo pacto tiene características muy claras: conservar los aspectos fundamentales de la normalidad capitalista en Chile (desde la autoridad presidencial y del Congreso hasta la predominancia del mercado en la provisión de servicios públicos y el control privado de la tierra y el agua como fuentes de materias primas) y actualizar los mecanismos de control social que permitan enfrentar las crisis venideras en un mejor pie (lo que incluye una serie de leyes represivas que aumentan penas de cárcel para saqueos, barricadas y enfrentamientos con fuerzas de orden, y la posibilidad de que militares puedan salir a las calles sin necesidad de declarar un Estado de Emergencia). Buscando re-editar la llamada “política de los acuerdos” de la transición democrática de los noventa, este nuevo partido ampliado del orden revela una estrategia conservadora en un escenario global tremendamente inestable, que podría fracasar estrepitosamente ante sectores derechistas anti-establishment en momentos de crisis más aguda.8/

Para la izquierda y los sectores populares organizados en movimientos sociales y asambleas, esta coyuntura ha representado una oportunidad para avanzar en una estrategia de profundización de la crisis política que abra un proceso de clarificación programática, articulación de fuerza social y política, y contraofensiva para hacer caer el régimen político y social neoliberal. Este amplio y heterogéneo sector político-social identificó correctamente que la impugnación generalizada de la forma de vida en Chile tiene el potencial de crear una correlación favorable para la nueva clase trabajadora plurinacional. Por lo mismo, ha prevalecido una actitud de movilización permanente en las calles y barrios, y una postura de confrontación con respecto al itinerario constitucional.

Esta estrategia de profundización de la crisis política es coherente con el carácter prolongado de la coyuntura, un rasgo que se hizo evidente cuando ni siquiera el Acuerdo por la Paz lograba aplacar las movilizaciones todavía masivas a más de un mes del 18 de octubre. Pese a la larga trayectoria de organización previa a la revuelta, y al surgimiento explosivo de nuevos ámbitos de auto-organización popular, nuestro octubre nos pilló con una baja capacidad política, es decir, sin una alternativa consistente y sin los niveles de organización que hacen falta para que el derrumbe de un régimen sea reemplazado por la instauración de un nuevo orden social que responda a los intereses populares.

Por todo lo anterior, la naturaleza impugnadora de esta coyuntura prolongada demanda una estrategia de acumulación de fuerzas de mediano plazo en la que toda intervención se oriente a elevar la capacidad que tengan las fuerzas sociales y políticas de la clase trabajadora plurinacional para llevar a cabo una ruptura transversal con el régimen. Es imaginable que esta ruptura solo será posible en un escenario de mayor crisis social, una vez que los mecanismos de integración a través del gasto social se vean fuertemente limitados por una agudización de la actual crisis económica. En este escenario, solo una confrontación de carácter expropiatorio hará posible una salida favorable para el pueblo, puesto que del otro lado se ubicarán las presiones por aumentar la precarización de la vida de nuestros pueblos, con la consiguiente represión.

Los problemas del momento

Quisiera cerrar esta reflexión sobre el octubre chileno con una revisión de algunos problemas a los que se enfrentan las fuerzas sociales en Chile.

El impasse del Acuerdo por la Paz y el camino a la Asamblea Popular Constituyente

Pese a que la revuelta ha representado avances en términos subjetivos, sus alcances objetivos son mucho más humildes. Millones en las calles y una huelga general expresan una recomposición y un rearme muy potente, pero hasta ahora el resultado neto de la coyuntura es una agenda social cuyo principal avance es una reforma previsional que se abre a mecanismos de reparto solidario, leyes represivas aprobadas con amplias mayorías parlamentarias y un itinerario constitucional hecho a la medida del régimen. El gobierno ha apostado por separar la “agenda social” y la “agenda política”, la primera reducida al retorno a la normalidad y la segunda reducida a lo constitucional. Las fuerzas de izquierda se enfrentan hoy a repetir, a su modo, esa misma separación, si es que no logran articular la lucha contra la impunidad, la conquista de demandas sociales básicas y la disputa del proceso constitucional. Este es el programa mínimo de la coyuntura.

Las últimas semanas han sido agitadas para las organizaciones que se han movilizado o que han surgido desde octubre. La premura por tomar posición ante el itinerario constitucional del Acuerdo por la Paz, y particularmente por el plebiscito del 26 de abril, se ha sentido en todos lados. Surgen hoy las principales amenazas del momento: que la necesidad de tomar partido nos lleve a dividirnos y, al mismo tiempo, que la falta de posición nos margine de la coyuntura.

Por lo mismo, solo una táctica que articule la movilización popular (en la forma de protesta callejera tanto como en la forma de organización territorial constituyente) en torno a ese programa mínimo podrá enfrentar adecuadamente el momento presente. Esa táctica requiere la máxima unidad posible en torno a los puntos comunes y una voluntad explícita de co-existencia táctica entre fuerzas sociales y políticas que comparten el mismo programa (y el mismo enemigo principal, la derecha en el gobierno).

Hasta ahora, la propuesta que más consenso genera tanto en los sectores que participarán como en los que se niegan a participar del itinerario constitucional es la de una Asamblea Popular Constituyente (APC), que sea auto-convocada por asambleas, movimientos sociales y sindicatos, y que tenga un carácter feminista y plurinacional. Si esta Asamblea se realiza entre los meses de mayo y octubre (antes de la Convención Constitucional que proyecta el Acuerdo) serviría como una instancia de unidad en torno al debate constitucional, y prepararía una fuerza popular constituyente que tenga un impacto “por dentro” y “por fuera” del proceso constitucional oficial. Si tan solo fuese capaz de redactar mandatos constituyentes que pudieran servir como trincheras programáticas desde donde las organizaciones populares pudiesen defender su posición en un debate constitucional a nivel nacional (participando o no en la Convención Constitucional del Acuerdo), entonces habría cumplido su objetivo mínimo. Pero es esperable que también resulte en nuevas alianzas y el surgimiento de fuerzas políticas que logren encarnar la combatividad y el programa de la revuelta para una nueva etapa.

En lo inmediato, cualquier participación en el plebiscito de abril debe subordinarse a la necesidad de llevar a cabo este ejercicio de soberanía programática. La conclusión táctica necesaria es que a menos que se abra un proceso efectivo de cambio constitucional no es posible ni siquiera imaginar una Asamblea Popular Constituyente. Por lo mismo, a menos que las movilizaciones de marzo logren modificar el itinerario constitucional del Acuerdo, el escenario más favorable para convocar una APC es una alta participación en el plebiscito, un triunfo con mayoría sobre el 70% del Apruebo y una votación similar para la Convención Constitucional. Un triunfo de la opción Rechazo significaría un triunfo para la derecha (la más interesada en que no haya un cambio constitucional), y una baja participación por el Apruebo probablemente signifique que las fuerzas políticas tradicionales de la centroizquierda asuman un rol protagónico ya que representaría la votación de su sector más duro.

La “ilusión de octubre”, sobrestimar las fuerzas populares en una coyuntura reformista

Una de las cuestiones que subyace a los debates políticos del momento es la cuestión de hasta dónde llega esta coyuntura y, por lo tanto, de cuál es la verdadera correlación de fuerzas. Algunos sectores en las barricadas y en las asambleas, expuestos a los alcances fascinantes de la revuelta, han quedado atrapados en lo que llamaría la “ilusión de octubre”, una posición según la cual la masividad y la radicalidad de las jornadas de octubre darían cuenta de una fuerza elevada que permitiría 1) actuar completamente al margen de los tiempos del itinerario constitucional, 2) responder ante el carácter prolongado de la coyuntura con una revuelta permanente, 3) hacer caer al gobierno por el solo hecho de la movilización callejera. Pero hoy debemos leer la realidad aceptando escenarios abiertos y sin las premisas del pasado. Las asambleas no son soviets, la primera línea no es un ejército y la baja aprobación en las encuestas del gobierno y las instituciones no es una crisis de hegemonía.

Por lo anterior, tiene sentido afirmar que esta no es una coyuntura revolucionaria, que lo que se está expresando no es una revuelta contra el Estado y el capital, sino una revuelta contra la precarización de la vida y por una democracia popular revolucionaria (tal como las he descrito más arriba). Y una coyuntura de este tipo, con un programa más bien reformista y redistributivo, se encuentra con un pueblo que todavía no tiene la fuerza para dar un golpe final al régimen, porque le falta el nivel de organización y el programa para hacerlo. En este contexto, el pueblo no tiene todo el poder para imponer o decretar una Asamblea Constituyente libre y soberana, sino que tiene que identificar cuáles son las formas de intervención política y social en el terreno que abrió la revuelta (hasta ahora, un escenario de acumulación de fuerzas y un itinerario constitucional) para alcanzar ese objetivo. Sería un grave error caer en un continuismo de ultraizquierda, en el que la mera consigna “lucha y organización” que venimos repitiendo desde los años noventa reemplace una lectura concreta de la situación política y de nuestras propias fuerzas.

Hoy, se prepara en todos los territorios un marzo feminista que promete reabrir la coyuntura. La Coordinadora Feminista 8M ha impulsado un trabajo de articulación y orientación política que será crucial en ese sentido. La Huelga General Feminista del 8M y 9M tiene la potencialidad de devolverle la iniciativa política al movimiento de masas si es que logran instalarse las dos cuñas que podrían impulsar un nuevo momento: la salida de la derecha del gobierno, y la convocatoria, por parte de un gobierno de transición, a una Asamblea Constituyente libre y soberana que no requiera el confuso y pantanoso plebiscito de abril. La fidelidad con octubre requiere no sobreestimar las fuerzas, sino encontrar el camino adecuado para que se desplieguen y desarrollen. Todavía no podemos imponer por nuestros propios medios una agenda política nacional de carácter anticapitalista, lo que corresponde es ocupar el 2020 para construir la fuerza necesaria para hacerlo.

Conclusión: seguir ejercitando la musculatura del poder popular

Entonces, ¿qué hacer para construir esa fuerza de la clase trabajadora plurinacional?

En primer lugar, seguir adelante, no disminuir la disposición a avanzar. Continuar ejercitando la musculatura de la deliberación en el territorio, de la autodefensa en la calle, de la organización de nuevos espacios de acción colectiva, de la articulación de nuestras demandas en un horizonte de lucha unitaria que no solo diga lo que queremos sino que oriente lo que hacemos. Si el 2020 no es el «año decisivo» de un proceso revolucionario en Chile, sino el ensayo general de una nueva dinámica de la lucha de clases, entonces la primera tarea es prepararnos. Pero no podemos olvidar que la mejor forma de ejercitar la musculatura es poner a prueba los avances actuales.

Por eso, el desarrollo organizativo de las asambleas territoriales, del movimiento feminista, de la reactivación secundaria, de las brigadas de salud, de los sectores sindicales dispuestos a pelear, de la primera línea (y todas las líneas que le siguen), debe ser puesto a disposición de desestabilizar los puntos de apoyo del enemigo. Esto significa enfrentar a la derecha y el bloque centroizquierdista, que defienden juntos el régimen y la agenda precarizadora, en todos los terrenos. En las jornadas de marzo, en el plebiscito de abril, en el ahora impredecible lapso entre mayo y octubre, y en el resto del itinerario constitucional si es que sigue su curso, no podemos ni soltar la calle ni bajar las banderas de nuestras demandas contra la precarización de la vida y contra la impunidad.

En segundo lugar, es indispensable consolidar el nuevo tejido social que se ha ido creando al calor de la revuelta, a través de una alianza firme entre viejos y nuevos sectores movilizados y organizados. Lo mínimo que podemos exigirnos este año es que las expresiones organizadas como la CF8M, la CAT, el MSR, las organizaciones y gremios que forman Unidad Social, avancen hacia la conformación de una nueva oposición político-social sobre la base de un programa común de transformaciones estructurales al carácter del Estado y el modelo de desarrollo. Solo si somos capaces de dar el salto hacia una oposición con un programa, con capacidad de movilización de masas y con una organización que reúna a distintos sectores bajo un principio de unidad en la diversidad, entonces habremos convertido los hilos de octubre en la cuerda que podrá derribar el régimen.

Finalmente, para no dejarnos encerrar en el acotado espacio del proceso constitucional del Acuerdo, una tarea central es levantar las trincheras programáticas que nos permitan asegurar los principales avances subjetivos hasta ahora: la idea de que no hay vuelta atrás y que seguiremos peleando hasta que valga la pena vivir. Para esto es necesario que la Asamblea Popular Constituyente y todos los demás ejercicios de encuentro, deliberación y desarrollo de programa, no se limiten a imaginar una nueva Constitución a la manera de las democracias liberales, sino que reúnan las más profundas aspiraciones de los sectores populares. No hay salida al impasse político ni fin a la impunidad en Chile sin una alternativa que desmonte el poder de las Fuerzas Armadas y de Orden en el régimen; no hay solución a la crisis social y ecológica sin un nuevo régimen de propiedad basado en la propiedad social y comunitaria; no habrá vida digna en los territorios si no son las comunidades quienes toman las decisiones sobre cómo se vive, cuánto se trabaja y para qué se produce; no se acabará la opresión contra mujeres y disidencias sexo-genéricas hasta conquistar la autonomía de todos los cuerpos, ni podemos imaginar una sociedad justa sin la autodeterminación de todos los pueblos; en otras palabras, las soluciones duraderas a la crisis social y política estarán contenidas en un programa anticapitalista de carácter feminista, plurinacional y libertario.

Por todo lo anterior, este 2020 será una ventana de oportunidad crucial para conquistar las posiciones organizativas y programáticas que marcarán los próximos años. Esa es la consecuencia más profunda de que Chile haya despertado.

Pablo Abufom Silva es Militante de Solidaridad. Una versión de este texto fue publicada en la Revista CEPA (Colombia).


1/ Informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la ONU confirman la existencia, la extensión y sistematicidad de estas violaciones.

2/ Véase Alondra Carrillo, “Clase y vida cotidiana. Sobre las potencias políticas del feminismo en Chile”, disponible en https://www.revistaposiciones.cl/2018/07/16/clase-y-vida-cotidiana-sobre-las-potencias-politicas-del-feminismo-en-chile/

3/ Se puede descargar la Síntesis del EPLL 2020 en http://cf8m.cl/wp-content/themes/cf8m-theme/img/resumen/sintesisEPL2020.pdf.

4/ Los cacerolazos son una forma de intervención en el espacio público en la que se golpean ollas o cacerolas vacías. Surgió como una protesta impulsada por mujeres de clase alta contra el gobierno de Salvador Allende, pero fue exitosamente recuperada y reivindicada desde la dictadura por las combativas mujeres trabajadoras que resistieron la dictadura en las calles y los barrios, en la casa y en la plaza.

5/ Puede encontrarse más información en www.asambleasterritoriales.org

6/ Puede encontrarse un análisis y balance de la Huelga en http://cipstra.cl/2019/balance-huelga-general-12n/.

7/ “Firman Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, noticia de la Cámara de Diputados, disponible en https://www.camara.cl/prensa/noticias_detalle.aspx?prmid=138442. El texto mismo del Acuerdo está disponible en https://media.elmostrador.cl/2019/11/Acuerdo-por-la-Paz-Social-y-la-Nueva-Constitucio%CC%81n-1.pdf.

8/ Los sectores de ultraderecha que habían intentado abrirse un lugar en esta coyuntura estaban arrinconados en su rechazo del “vandalismo” y las demandas sociales demasiado “izquierdistas” para su gusto, que luego se tradujo en su rápida articulación en torno al voto de “Rechazo” de una nueva Constitución. En ese sentido, el itinerario constitucional les dio un lugar como representantes oficiales de la contra-revuelta.

bolivia / peru / ecuador / chile / community struggles / comunicado de prensa Wednesday March 04, 2020 07:50 bySolidaridad

No debemos tener miedo a luchar y hacer política en niveles diversos, manteniendo la flexibilidad necesaria para desplegar al máximo las potencialidades de los escenarios posibles. Como Solidaridad nos ponemos humildemente a disposición de todos los sectores que apuesten durante el 2020 a profundizar y extender el camino de ruptura transformadora que abrió la revuelta de octubre. Hacemos un llamado a movilizarnos, articularnos y avanzar hasta triunfar. ¡Hasta que valga la pena vivir!


Observar, movilizar y articular para avanzar

Nuestra posición ante el momento actual


Solidaridad es un movimiento político anticapitalista, feminista y libertario que ha participado activamente en los movimientos sociales desde su formación en el 2016. En este super lunes feminista y movilizado, compartimos nuestra postura sobre el momento actual y los caminos que queremos seguir recorriendo.

Observar

1. La crisis sigue y el gobierno dice “más de lo mismo”. A más de cuatro meses desde el comienzo de la revuelta de octubre, seguimos viviendo la crisis social que se había incubado por décadas y que estalló en todo Chile. El desempleo sube, los salarios se mantienen, nuestras condiciones de vida siguen empeorando, y el gobierno no retrocede en su agenda que favorece el crecimiento de los ricos y la represión de los pueblos.

2. Bajo la bandera del “orden público” se hermanan los partidos que prefieren mantener este régimen inútil, firmes en torno al Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución que abrió un proceso constitucional tan restringido como nuestra democracia, que no permite los cambios estructurales en el carácter del Estado o el modelo de desarrollo que se requieren para salir de la crisis.

3. La masiva movilización de los pueblos, en todos los territorios, utilizando todas las formas de lucha conocidas y algunas que han nacido con la revuelta, ha creado un escenario inestable para el régimen, y nos ha devuelto la esperanza de que es posible transformarlo todo si nos organizamos para lograrlo. Pero no podemos olvidar que el costo de este avance ha sido enorme: decenas de muertos, miles de personas heridas, mutiladas y torturadas, y otras miles aun privadas de libertad en las cárceles del Estado.

Movilizar

4. En marzo encontramos una nueva oportunidad para retomar la iniciativa política, esta vez bajo la potente orientación de un movimiento feminista que encarna un camino de lucha a través de la Huelga General Feminista y un proyecto de transformación total de nuestra forma de vida: en el país y en la casa. Asumimos el llamado de la Coordinadora Feminista 8M y retomamos el lugar protagónico que nos corresponde en las calles como primera línea ante el terrorismo de Estado.

5. Creemos que desde marzo en adelante, las movilizaciones deben estar guiadas por objetivos muy claros:

a. Defender nuestro derecho a protestar ocupando todos los espacios,
b. Señalar al gobierno como el principal responsable político y criminal de esta crisis y la violación sistemática a los DDHH,
c. Demandar el freno de la agenda legislativa del gobierno y la derogación de todas las leyes represivas (Aula Segura, antibarricadas, etc.), así como la liberación de todas las personas encarceladas o en prisión preventiva, que reconocemos como presos y presas políticas de la revuelta,
d. Forzar desde la movilización masiva la implementación de una serie de medidas urgentes en salud, pensiones, transporte, educación, aborto, vivienda, entre otras, que logren paliar los efectos de una crisis de largo alcance del capitalismo en el mundo y particularmente en Chile, cuyo peso hasta ahora sólo ha recaído sobre las trabajadoras y trabajadores, tremendamente precarizados y endeudados.
e. Afirmar la necesidad de una nueva constitución a través de una Asamblea Constituyente libre, soberana y con auténtica participación de jóvenes, mujeres, migrantes y pueblos originarios, no hecha a la medida de los partidos políticos, donde sea posible redefinir la totalidad del marco político y social de nuestra vida.

6. Estos objetivos implican asumir que la única salida progresiva al impasse en el que nos puso el itinerario constitucional del Acuerdo es la profundización de la crisis política y la apertura de un protagonismo efectivo de los pueblos en el proceso de transformación.

7. Confiamos plenamente en las capacidades de los pueblos en lucha pero no subestimamos las de sus enemigos declarados. El gobierno, los empresarios y sus aliados en la oposición siguen controlando los principales resortes del poder y el uso monopólico de la violencia del Estado. Por lo tanto, si en los meses que vienen no somos capaces de generar una presión popular suficiente para profundizar la crisis política y abrir otras posibilidades, debemos prepararnos para sostener la movilización bajo un escenario marcado por el proceso constitucional cocinado en el Acuerdo por la Paz, buscando superarlo.

8. En ese escenario, el objetivo es aprovechar todos los espacios posibles para avanzar. Si se mantiene el itinerario actual, no podemos confundir el plebiscito de abril con cualquier proceso electoral, ni mucho menos hacer paralelismos sin sustento con el plebiscito del 88’. Las fuerzas de la izquierda anticapitalista debemos aprovechar el periodo previo al plebiscito como un espacio potencial de politización, realizando una campaña donde visibilicemos los límites del proceso constitucional y tracemos los ejes programáticos de un verdadero cambio estructural.

9. Reconocemos, junto con lo anterior, que el triunfo de la opción “Apruebo” y “Convención Constituyente” por una amplia mayoría nos dejará en un mejor pie a la hora de buscar la superación de los estrechos márgenes que este proceso nos permite. Negarse a participar equivale a esconder la realidad bajo la alfombra y perder una oportunidad para presentar una alternativa transformadora a las millones de personas que participarán en el plebiscito. Si gana el rechazo, sería un triunfo de la derecha más dura y la apertura potencial de un momento de revancha fascista. Si se cayera el itinerario constitucional pero siguera este mismo gobierno, habrían triunfado también los sectores que quieren conservar el régimen actual.

Articular para avanzar

10. La movilización y la revuelta han impulsado a millones a organizarse en asambleas territoriales, en el movimiento feminista, en la primera línea, en los principales puntos de protesta urbana y rural, y en un profundo proceso de auto-educación política en cada cabildo constituyente, en cada olla común, en cada caceroleo. La tarea hoy es tejer con fuerza los vínculos entre estas iniciativas de organización para conformar una verdadera oposición político-social a la precarización de la vida, para que la unidad de nuestras fuerzas sea la base de una alternativa no solo para quienes se han movilizado, sino para el conjunto de nuestros pueblos. Esa alternativa todavía no existe, debemos construirla. Reconocemos que este proceso ya lo está llevando a cabo iniciativas tales como la Coordinadora Feminista 8M, la Coordinadora de Asambleas Territoriales, el Movimiento Salud en Resistencia, la Coordinadora de Naciones Originarias de la RM, Unidad Social y las incontables coordinaciones y cordones a nivel comunal y barrial que juntan sus fuerzas para avanzar.

11. Tal como está planteado hoy, el proceso constitucional tiene evidentes limitaciones para los pueblos en términos de participación, quorum y contenidos. Además, pese a nuestra movilización masiva, no tenemos un proyecto de sociedad acabado ni una propuesta de Constitución desde los pueblos. Por ello, nuestra apuesta principal para enfrentar este momento constituyente desde los sectores movilizados es la preparación e implementación de una Asamblea Popular Constituyente.

12. Este debe ser un proceso convocado y organizado por esas mismas fuerzas que hoy se articulan desde abajo, con el objetivo de que durante el periodo entre el Plebiscito y la Convención exista una instancia común en todos los territorios para que nos volvamos a encontrar, en la que discutamos sobre las transformaciones que queremos y cómo trabajamos para conquistarlas, en la que estrechemos los lazos en movilizaciones conjuntas y articuladas en todos los territorios, y para que disputemos el restringido proceso constitucional con nuestra propia Constitución de los Pueblos.

13. Una Asamblea Popular Constituyente será una instancia para todas las fuerzas que aspiran a una transformación profunda, desde aquellas que quieren mantener plena autonomía del proceso institucional hasta aquellas que buscarán disputar la Convención en octubre. En la Asamblea Popular Constituyente nos levantaremos en unidad.

14. No debemos tener miedo a luchar y hacer política en niveles diversos, manteniendo la flexibilidad necesaria para desplegar al máximo las potencialidades de los escenarios posibles. Como Solidaridad nos ponemos humildemente a disposición de todos los sectores que apuesten durante el 2020 a profundizar y extender el camino de ruptura transformadora que abrió la revuelta de octubre. Hacemos un llamado a movilizarnos, articularnos y avanzar hasta triunfar. ¡Hasta que valga la pena vivir!

2 de marzo, 2020
Solidaridad
Feminista | Comunista | Libertaria

bolivia / peru / ecuador / chile / historia del anarquismo / opinión / análisis Friday January 24, 2020 05:55 byJosé Antonio Gutiérrez D.

El 29 de Noviembre de 1999 nacía en el local de la Federación de Trabajadores de la Construcción, Madera y Áridos (FETRACOMA), en la esquina de Almirante Latorre con Claudio Gay, Santiago de Chile, el Congreso de Unificación Anarco-Comunista (CUAC). Este era un intento desde el mundo libertario por dotar al mundo popular en Chile de una organización decididamente anarco-comunista para emprender transformaciones de fondo y de alcance revolucionario en el país. Veinte años después, en el local del Centro Social y Librería Proyección, en la calle San Francisco, algunos de los protagonistas de ese esfuerzo, junto con compañeros que de alguna manera son continuadores de esa tradición, nos reunimos a discutir y evaluar los aciertos y desaciertos, los alcances y falencias de esa experiencia.


Reflexiones sobre veinte años de anarco-comunismo en Chile

El 29 de Noviembre de 1999 nacía en el local de la Federación de Trabajadores de la Construcción, Madera y Áridos (FETRACOMA), en la esquina de Almirante Latorre con Claudio Gay, Santiago de Chile, el Congreso de Unificación Anarco-Comunista (CUAC). Este era un intento desde el mundo libertario por dotar al mundo popular en Chile de una organización decididamente anarco-comunista para emprender transformaciones de fondo y de alcance revolucionario en el país. Nacía la organización como fruto de la perseverancia de jóvenes de diversas experiencias libertarias en la década de la llamada “transición” quienes decidieron la necesidad de superar la lógica hasta entonces dominante de los colectivos anarquistas. La visión que sostenía esta organización era ambiciosa: se buscaba organizar al anarquismo a nivel nacional, bajo una estructura coherente y sólida, con fuertes vínculos con los anarquismos en otras partes del mundo, y con sólidas raíces en la tradición revolucionaria anarquista.

Veinte años después, en el local del Centro Social y Librería Proyección, en la calle San Francisco, algunos de los protagonistas de ese esfuerzo, junto con compañeros que de alguna manera son continuadores de esa tradición, nos reunimos a discutir y evaluar los aciertos y desaciertos, los alcances y falencias de esa experiencia. La idea no era pensar esos veinte años en clave de pasado, sino pensar en clave de presente y futuro. Qué, de esa tradición, es relevante en el Chile que se sacudió con el llamado “estallido” de Octubre del 2019, y en el Chile que se busca construir en el nuevo escenario abierto con esta movilización permanente que, de alguna manera, cierra el ciclo en el cual nació el CUAC, abriendo nuevos horizontes a las perspectivas libertarias. Cuáles son las lecciones que podemos aprender tanto de los errores cometidos, así como de los avances experimentados.

Debo confesar que la nutrida asistencia, lo honesto del debate, así como la mera alegría de ver a antiguos compañeros y compañeras después de tantos años, hicieron que la ocasión fuera inolvidable. A continuación, escribiré algunas de las reflexiones que esbocé en este conversatorio del cual todos sacamos algo para reflexionar en nuestra práctica cotidiana. Estas reflexiones son hechas explicando la trayectoria de lo que fue el CUAC, lo que estábamos pensando en ese momento, y luego paso a discutir algunos elementos críticos que pueden servir para revitalizar el pensamiento y la práctica libertarios.

El Contexto

Lo primero que debemos tener en mente, para entender lo que se hizo con el CUAC, es el contexto social en el que vivíamos en el Chile de los 1990. Este era un Chile donde la izquierda venía de una doble derrota: primero la derrota de 1973, marcada por el golpe de Pinochet y el comienzo de largos 17 años de dictadura, y luego, la derrota de 1988, año en el que se pacta la salida del dictador, la transición democrática vigilada, manteniendo el modelo económico neoliberal intacto y la constitución de 1980. Mientras que la primera derrota fue una derrota pletórica de heroísmo, cuya máxima expresión fue el sacrifico de Allende en la Moneda, la segunda derrota careció de todo heroísmo, y estuvo más bien signada por el oportunismo de una casta de políticos de diversos signos que negociaron un pacto político con la dictadura montados sobre los cadáveres de todos los caídos en las luchas anti-dictatoriales del período 1983-1988.

Estas derrotas, que desmoralizan y dan una estocada mortal a los imaginarios de izquierda, llevaron a una aceptación masiva en el pueblo chileno del sofisma de que no había más alternativa que el modelo económico neoliberal y el encuadre dogmático con el Consenso de Washington, fórmula aplicada rigurosamente tanto por los gobiernos concertacionistas como por los derechistas durante las próximas tres décadas. Si bien en las recientes protestas se dijo en más de una ocasión que lo que ocurría era que se había perdido el miedo, la verdad es que en Chile no había miedo en los años 1990, sino un embrujo con el modelo neoliberal, cuyos valores impregnaron al conjunto de la sociedad. Esa sociedad aspiracional, en la que todos aspiraban a entrar en la sociedad de consumo, vara con la que se medía el éxito de las personas, había acorralado las opciones de izquierda. Quiénes participábamos en grupos de izquierda, éramos muy minoritarios. No es casualidad, que en los 1990, uno de nuestros lemas preferidos, que decíamos desafiantes, pero con una buena dosis de sarcasmo hacia nosotros mismos, era “Somos pocos, pero locos”. Había mucho de verdad en ese lema.

Si ser de izquierda era visto como algo extravagante en el Chile de los 1990, ser anarquista era aún más exótico. Ser anarquista en la práctica, era ser constantemente acosado, denunciado, y burlado por parte de otros sectores de izquierda. En las reuniones universitarias, les parecía descabellado en esos años que las decisiones políticas del movimiento se tomaran en asamblea. En más de alguna ocasión se nos sacó, literalmente, a patadas como disociadores que traíamos ideas impracticables. En el mundo sindical, recuerdo alguna vez a algún dirigente de formación socialista burlarse de un panfleto en el que se decía que los Mártires de Chicago, por cuyo sacrificio se conmemora el día 1° de Mayo, eran anarquistas. “¡Qué cabros más despistados!” nos dijeron. A veces, la ignorancia es atrevida. El contexto generalizado del anarquismo capitalino en esos años, tampoco ayudaba: una mezcla de fuertes dosis de contra-cultura, con una especie de fetiche de la capucha y la lucha callejera, importados sobre todo de la cultura política lautarista, no eran precisamente una buena receta para llegar al común del pueblo.

Hacia la organización anarco-comunista

En este contexto, desde mediados de los 1990, un grupo de anarquistas jóvenes nos comenzamos a encontrar en Santiago de Chile. La mayoría de nosotros éramos llegados de provincia: de Concepción, de Chillán, de Valparaíso. Como tal, no participábamos de la cultura mayoritaria del anarquismo capitalino de esos años. También, traíamos otra cultura del anarquismo, ya que en provincia eran mucho más fuertes las ideas anarco-sindicalistas, con su énfasis en la organización de la clase trabajadora. Nos comenzamos a encontrar mucho a través del movimiento estudiantil, lo cual tuvo, como ventaja, que a través de él adquiríamos experiencia organizativa, experiencia política, experiencia de trabajar con gente que no necesariamente pensaba como uno.

Quizás uno de los eventos catalizadores de lo que ocurriría después, fue el llamado que hicieron unos compañeros de Temuco a formar un “movimiento anarquista nacional” en marzo de 1997, encuentro que se llevó a cabo en el legendario local de Serrano 444, en pleno centro de Santiago. A ese encuentro llegó un gran número de personas sin ninguna relación entre sí, sin dar discusiones previas, sin objetivos claros más que el vago llamado a conformar un movimiento anarquista nacional. ¿Qué se entendía por esto? Eso no había sido ni socializado ni discutido previamente, y cual fuera la idea que los organizadores del encuentro tuvieran en mente, los asistentes tenían ideas contradictorias entre sí. Después de ese encuentro, que no llevó a nada más que una especia de catarsis colectiva libertaria, varios de quienes habíamos asistido, decidimos que, para avanzar hacia una organización anarquista, debíamos primero, comprender que no agruparíamos a todos quienes se reconocían como anarquistas, y segundo, que necesitaríamos de un largo proceso de discusión previo a su fundación.

Para ese fin, los años siguientes, fueron años de mucha educación y discusión política. Tradujimos algunos textos claves que organizaron nuestros debates en torno a lo organizativo, entre ellos el “Manifiesto Comunista Libertario” de Georges Fontenis, y la “Plataforma Organizativa” del grupo de anarquistas rusos y ucranianos en Francia, Dyelo Trouda. Aparte de eso, dimos intensos debates en torno a las ideas de clásicos como Kropotkin, Bakunin, o diversos trabajos del anarquismo ibérico. También comenzamos a redescubrir los periódicos anarquistas chilenos históricas que yacen en los archivos de la Biblioteca Nacional. Las lecturas colectivas fueron claves en nuestro desarrollo intelectual, y muchos de estos debates, los convertíamos en artículos en la revista Hombre y Sociedad, la cual tuvo también mucha importancia en el desarrollo de este proceso organizativo. Estas lecturas, sumado a lo que íbamos aprendiendo en el movimiento estudiantil, y a nuestros crecientes contactos e interacciones con el mundo sindical y lo poblacional, fueron definiendo un pensamiento y una práctica que cristalizaría en el anarco-comunismo al poco tiempo, el cual sobrepasaba con mucho los marcos de la contracultura que habían sido hegemónicos hasta ese momento, al menos en la capital.

Definiendo una práctica y un pensamiento anarco-comunista

Como ya he señalado, la lectura, la discusión política y los trabajos populares que hacíamos en ciernes, que demostraban que el anarquismo era mucho más que barricadas en los días de protestas, sino que se expresaba en un trabajo metódico en el día a día, fueron definiendo lo que llamaríamos como anarco-comunismo. Pero había otro elemento que también gravitó muy fuerte en esta maduración política que vivíamos: la realidad latinoamericana. Si bien Chile era, hasta hace poco, el mal llamado “oasis del neoliberalismo”, lo cierto es que, a las puertas de Chile, el neoliberalismo era cuestionado con sendas movilizaciones populares. En el Ecuador, ya en 1996, las movilizaciones indígenas comenzaron a tumbar a una seguidilla de presidentes neoliberales. En 1994, en el corazón de Chiapas, los zapatistas irrumpían con un mensaje que cuestionaba el Consenso de Washington, el libre comercio, y la condición de patio trasero de América Latina. Más tarde, las protestas se expandirían por Argentina, Bolivia, Perú, sumado a la resistencia contra los proyectos imperiales en la región del ALBA y el Plan Colombia.

Mientras mirábamos la realidad del vecindario, y soñábamos con protestas de masas en Chile -como no veríamos sino hasta Octubre del 2019-, establecimos una fluida relación con organizaciones anarquistas en el resto de América Latina, sobre todo con la Organización Socialista Libertaria en Argentina, pero también con diversos grupos anarquistas en Perú y Bolivia. A través de ellos aprendimos mucho de lo que estaba ocurriendo y de los desafíos para los anarquistas en la construcción de organizaciones populares, principalmente mediante el fluido contacto con los compañeros en la región. También establecimos sólidos contactos con organizaciones en Irlanda, Francia y los EEUU. De todos ellos íbamos aprendiendo, pero, por sobre todo, estos contactos alimentaron nuestro imaginario de ser parte de un movimiento global de resistencia contra la dictadura del mercado.

Así, cuando nació el CUAC en 1999, teníamos muchos elementos con los cuales volver a recrear una tradición anarquista después de varias décadas en que el anarquismo no había tenido mayor trascendencia, siendo en la década del 1950, siendo la formación de la CUT en 1953 y la Huelga General del 7 de Julio de 1955, los últimos grandes hitos en los cuales el anarquismo chileno tendría un peso importante. Pese a estos elementos que articulábamos para definir un movimiento y recrear una tradición, en parte recatando la historia, en parte imaginándola, teníamos una gran falencia. En Chile, a diferencia de países como Francia, España, o Uruguay, no existía una tradición anarquista ininterrumpida durante varias décadas, que se expresara en organizaciones y estructuras organizativas que pudieran servirnos de modelo. En Chile, apenas teníamos algunos veteranos del movimiento anarquista de las décadas anteriores a 1950, entre ellos el mecánico José Ego-Aguirre, el zapatero Hugo Carter, el gráfico Jorge Orellana, o el “Mono” San Martín del gremio de los estucadores. De todos ellos aprendimos, sin lugar a dudas, y mucho. Pero ellos eran individuos que habían sobrevivido a sus organizaciones.

Como tal, nos tocó tratar de ver, mediante la prueba y el error, qué formas organizativas serían las más aptas para poder adelantar nuestro proyecto libertario. Nuestra intención era poder lograr organizaciones político-sociales, que articularan una tendencia libertaria en un sentido amplio, y consolidar una expresión política de los anarquistas que sirviera para nuclear a los anarco-comunistas en función de un proyecto revolucionario integral. Desde luego, este proyecto organizativo no estuvo libre de polémicas, aun al interior del CUAC [1]. Sin embargo, al poco tiempo se fue consolidando una estructura orgánica y una cierta metodología de trabajo.

Primeramente, se definió una política de estructuración de la organización en frentes, un estilo de trabajo que recogía, en cierto sentido, la tradición mirista, la cual no era incompatible con la tradición de la Federación Anarquista Uruguaya en los 1960. Sin embargo, estos modelos, lejos de aplicarlos dogmáticamente, los sometimos a discusión y los adaptamos a la realidad que nos tocaba vivir y a un esquema propio en que entendíamos diferentes niveles organizativos como interrelacionados aunque autónomos. Estaba muy lejos de nosotros la concepción leninista de entender al partido como el espacio superior desde el cual dirigir a las organizaciones populares utilizando los frentes políticos sociales como correa de transmisión. En nuestra perspectiva, los frentes eran espacios en que articulaban los sujetos populares (articulados en torno a roles y lugares en la sociedad capitalista) en base a reivindicaciones generales, en base a un método de organización de abajo hacia arriba, y en base a un sentir anti-capitalista relativamente amplio y libertario. Los frentes que habíamos definido, desde nuestra realidad, eran los frentes sindical, estudiantil, y poblacional. Creo que este modelo fue un acierto, principalmente, porque aunque habrían espacio para lo territorial, también lograban captar la complejidad extra-territorial de algunos sujetos en el capitalismo neoliberal (por ejemplo, estudiantes o sindicatos de reponedores, con alta movilidad). Creo que este modelo, pese a sus falencias y a la necesidad de articularlo a otras dinámicas (comisiones transversales de género, etc.), fue nuestro más gran acierto. Hasta la fecha, no ha habido una experiencia libertaria con más arrastre e influencia que lo logrado por el Frente de Estudiantes Libertario (FeL). Lo mismo puede decirse del trabajo poblacional del Frente de Peñalolén, por ejemplo, que se puso al frente de tomas de terreno articulado con el movimiento Lucha y Vivienda. Mucho del trabajo sindical que se ha hecho con posterioridad, tampoco hubiera sido posible sin la existencia de una política de frentes en esta fase temprana del movimiento. Sólo en base a los resultados, creo que esta es una experiencia valiosa de la cual hay aun mucho que aprender.

Este trabajo, luego se consolidó mediante la consigna “Unidad desde Abajo y en la Lucha”. Esta consigna reflejaba nuestra firme creencia en la unidad popular y en la unidad de los sectores de intención revolucionaria; pero también reflejaba nuestro rechazo a una unidad puramente súper-estructural, que se diera desde las alturas, desde las coordinaciones político-partidistas. Nosotros sosteníamos, y seguimos sosteniendo, que los procesos de convergencia política con otros sectores –y nuestras relaciones eran bastante ecuménicas, abarcando a prácticamente toda la izquierda- solamente tenían sentido si se daban desde las luchas que desarrollábamos en las bases. Ahí era donde nos encontrábamos y solamente ahí era donde un proceso de convergencia con sentido podía darse. De la misma manera, esta consigna reflejó nuestra intención de romper la lógica organizativa del colectivo (por casi toda su existencia el CUAC jamás funcionó más que como un colectivo grande) y dar pasos a una organización de carácter federativo, que reflejara la realidad del trabajo de frentes, y que hiciera carne principios como la unidad ideológica y táctica. Eso nos llevó a una crisis en términos de re-estructuración de la organización, la cual terminó en un quiebre y en un nuevo congreso, esta vez llamado programático, desarrollado a fines del 2003 y comienzos del 2004, el cual llevó a la fundación de la Organización Comunista Libertaria de Chile (OCL).

Epílogo

Si bien yo no participé directamente en el desarrollo del congreso programático, ni en la fundación de la OCL, porque ya me había ido del país, sí participé con una serie de documentos, comentarios y contribuciones que hice llegar por escrito para ese proceso. Empero, me siento incapacitado para hacer balances sobre la OCL pues yo no pertenecí directamente a esa experiencia, aun habiendo conocido de manera bastante cercana a varios de los participantes de ella. Creo importante señalar algunas de las falencias que creo que están en la base de los devaneos autoritarios y las desviaciones burocráticas que llevaron, finalmente, a la mutación de la OCL en Izquierda Libertaria, partido que luego adopta posturas claramente electorales basadas en la errónea tesis de la Ruptura Democrática, a la que me referiré más adelante.

Primero que nada, aunque creo que el trabajo estudiantil tuvo indudables beneficios en nuestra formación, y nos dio muchas herramientas para poder comenzar a desarrollar trabajo político en espacios diversos, creo que también nos acarreó muchos vicios, entre ellos las prácticas del maquineo que en algún momento se volverían hegemónicas. Los mismos problemas de seguridad que enfrentamos como organización y como militantes en momentos del fin del CUAC, llevaron también al desarrollo de una cultura del clandestinismo, de la cual eventualmente se abusó no solamente con fines de seguridad, sino como mecanismo para evitar debates abiertos y excluir posiciones incómodas. Si bien la seguridad es importante para decidir temas operativos (ej, una toma de terreno), momento en el cual no todo el mundo puede participar en una decisión, para temas políticos y de estrategia, absolutamente todos los miembros de una organización libertaria deben participar. A la par de esto, esta corriente se fue volviendo crecientemente parroquial, perdiendo esos fructíferos intercambios con otros procesos a nivel regional o internacional, e ignorando procesos como los que venían dando con la participación chilena en la invasión y ocupación militar de Haití.

Al poco tiempo, me parece que también se pierde el énfasis que habíamos tenido en la formación política anarquista, y llegan muchos elementos sin suficiente formación, sin convicción libertaria, y la organización tampoco les da esos elementos cuando ya están en su seno. Eso llevó a un progresivo pragmatismo, vanguardismo, y a una pérdida de identidad con el anarquismo, mientras se flirteaba con otras identidades políticas de la izquierda. En este marco, es que se dio un énfasis excesivo en la organización política como instancia máxima de toma de decisiones, convirtiendo a la organización político-social en una mera correa de transmisión de la dirección de un movimiento político (OCL) que, a la interna, cada vez tenía menos discusión democrática. Esto llevó, indudablemente, a la crisis de una de las experiencias más fecundas que tuvimos, como fue el FeL. Finalmente, terminó por imponerse la tesis de la “ruptura democrática”, según la cual, hacia el 2012, los movimientos sociales en Chile habían tocado techo en su posibilidad de transformación social y por tanto los libertarios debían entrar a espacios institucionales-electorales para tensar las instituciones de la democracia burguesa y lograr avances en combinación con las organizaciones sociales. Esta tesis, que fue demostrada errónea con las movilizaciones de Octubre del 2019, que demostraron que claramente ese techo ni las posibilidades transformadoras del movimiento popular, llevó a una creciente burocratización de la OCL, mutada en Izquierda Libertaria y flamante miembro del Frente Amplio, donde terminaron en el lado equivocado de la historia cuando se votó la ley anti-saqueos y la ley anti-capuchas –que no fueron más que maneras para distraer de las discusiones realmente importantes que debían darse en estos momentos históricos.

Quiero decir que lo más importante de todo, es la pérdida del sentido autocrítico. El problema no es equivocarse, sino que insistir en el error. O pretender que el error nunca existió. Un error puede ser una importante oportunidad para ciertos aprendizajes y para avanzar y cualificar la práctica. Pero si nos equivocamos y luego seguimos como nada, no hay ninguna posibilidad de avanzar. Creo que este balance de la experiencia posterior al CUAC es un ejercicio necesario que, como he dicho, no me siento capacitado para asumir en toda su profundidad, pero creo que cualquier experiencia organizativa desde la tradición que se reclama del anarco-comunismo debe hacer juiciosamente.

¿Qué nos queda de toda esta experiencia veinte años después, aparte de las lecciones de nuestros errores? Primero que nada, el irreductible compromiso con convertir las ideas libertarias en prácticas concretas, de la mano de las organizaciones populares, expresado ante todo en la acertada política de los frentes. Lo segundo, es el cambio de cultura política que operó en el país del cual nosotros fuimos protagonistas. Cuando comenzamos este recorrido en los 1990, plantear modelos asamblearios de organización social era considerado una ridiculez. Dos décadas después, este modelo de organización ya se había convertido en hegemónico y hoy sería impensable que ninguna organización social de cierto peso aceptara los niveles de verticalismo organizativo que antes eran moneda corriente. Este giro asambleario ha alcanzado su máxima expresión, en el contexto abierto en Octubre del 2019, con las Asambleas Territoriales que surgieron como expresiones espontáneas del pueblo movilizado, como una nueva forma de ejercer la política, al margen del electorerismo. Estas asambleas hoy convergen en la Coordinadora de Asambleas Territoriales, espacio clave para que estas formas alternativas de organización, surgidas de la misma movilización social, puedan alcanzar una perspectiva estratégica [3]. Eso es un gran cambio que ha dotado de sentido nuevo expresiones como democracia directa.

Aun cuando en el CUAC no logramos afianzar una estrategia de género adecuada (pese a los esfuerzos de espacios como Sucias [2]), la inquietud quedó planteada y se desarrolló en el feminismo libertario de los 2000, que ha tenido un peso tremendamente importante en las movilizaciones recientes. Finalmente, creo que Octubre del 2019 demostró que nuestra confianza en las capacidades políticas del pueblo no era algo ingenuo. Que se asentaba en la misma dinámica de la lucha de clases y en los altibajos de los movimientos populares en este oasis neoliberal. Creo que los tiempos requieren una madurez en el movimiento libertario para poder afrontar los retos que impone la resistencia de la clase dominante al cambio, y el arrojo de los sectores populares que instintivamente luchan por transformaciones a un sistema que no tiene capacidad de respuesta a sus necesidades, más que la represión. El descontento, más que las demandas específicas, han marcado la tónica de estas protestas –pero si ese descontento no se convierte en proyectos transformadores, difícilmente el potencial de esta protesta se concretará en cambios reales.

Creo que dos décadas después, los extraordinarios tiempo que vivimos, requieren de la capacidad de ese movimiento anarco-comunista amplio, de los sectores libertarios herederos de esta tradición, de sentarse, con generosidad y alturas de miras, a repensar la unidad de todos estos sectores en lucha, con miras a las grandes tareas impuestas por la efervescencia social. Esa generosidad implica entender que la unidad se dará a diversos niveles, que, aunque no estemos de acuerdo en todo, si podemos colaborar en algo debemos hacerlo. Si bien no podemos buscar la unidad de todos a cualquier costo, tampoco podemos convertir el divisionismo en consigna y no podemos darnos el lujo de no unirnos cuando no tenemos ninguna razón de peso para no hacerlo. Los tiempos demandan mucho más de nosotros que lo que estamos dando. Con generosidad y con responsabilidad histórica, creo que los tiempos están maduros para pensar en un nuevo congreso que sirva para entender las maneras en que podemos comenzar a trabajar y a coordinar las tareas de transformación social con los máximos niveles posibles de unidad, entendiendo lo que nos une, lo que nos divide, y en base a ello, estableciendo mecanismos de coordinación claros. Es lo que estos tiempos de grandes posibilidades nos exigen.

José Antonio Gutiérrez D.
22 de Enero, 2020


[1] Para tal efecto se puede revisar la serie de cuatro entregas “La Organización Anarco-Comunista en Chile”, que he ido publicando en línea: https://www.anarkismo.net/article/27325 ; https://www.anarkismo.net/article/28700 ; https://www.anarkismo.net/article/28739 ; https://www.anarkismo.net/article/31474
[2] Sucias era un espacio que formaron compañeras al interior del CUAC el 2002 para discutir de feminismo y cuestiones de género.
[3] Durante la reunión, un compañero hizo la aguda observación de que, ante el surgimiento de las Asambleas Territoriales, la insistencia en las viejas formas de hacer política era algo abiertamente contra-revolucionario. Era como ir a decir a los obreros de una fábrica ocupada que se la devolvieran al patrón.

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